Antes de casarse y tener hijos, Alejandro Irigoyen Lazzeri tuvo el sueño de darle la vuelta al mundo en un velero. Tenía 19 años de edad cuando se planteó dicha aventura, la cual cumplió a los 45 años acompañado de su esposa, Bernadette Sánchez, y sus hijos Alexa, Diego y Vital.
“Primero fue un proyecto personal y luego se convirtió en un proyecto familiar. Cuando me lo planteé no tenía esposa ni hijos ni nada”, dice Alejandro, tras señalar que su idea fue hacer algo extraordinario antes de llegar a la edad del retiro.
Para ello se estuvo preparando durante más de 20 años no solo económicamente sino también aprendiendo a navegar un barco y qué hacer ante un desperfecto. Ayudó que desde pequeño su papá y su abuelo le enseñaron a usar herramientas.
“Tengo bastante habilidad para los temas mecánicos, además soy ingeniero industrial, entonces las reparaciones las hacía prácticamente yo, ya sea en el mar o en algún puerto”.
Gente Nueva de la Universidad Anáhuac Mayab
La familia fue uno de los ponentes invitados a la quinta edición del congreso Gente Nueva de la Universidad Anáhuac Mayab, que se realizó ayer y el martes.
Los Irigoyen Sánchez zarparon en 2019 desde Acapulco a bordo del “Aldivi” y regresó a México tres años y medio después por el puerto de Veracruz. En esos tres años los Irigoyen Sánchez recorrieron 30 mil millas náuticas (unos 60 mil kilómetros), pasando por 30 países y decenas de puertos.
De Acapulco, la familia partió a Puerto Vallarta con rumbo a las islas del Pacífico, norte de Australia, Papúa Nueva Guinea, Fidji… De allí, la familia navegó por el Océano Índico hasta llegar al Mar Rojo y en Egipto tuvo que quedarse cuatro meses debido a la declaración de la pandemia de coronavirus.
Una vez que los puertos volvieron a abrir, los Irigoyen Sánchez continuaron por el Mar Mediterráneo y de allí al Océano Atlántico hasta llegar al Golfo de México para desembarcar finalmente en Veracruz en julio pasado.
La aventura en pandemia
En todo ese tiempo, la familia vivió diversos momentos asombrosos y no se atreve a decir cuál fue especial.
“Todos los días fueron magníficos, tuvimos experiencias tanto buenas como malas. Lo que sí puedo decir es que el viaje nos ayudó a darnos cuenta del gran país que tenemos, de las grandes oportunidades que hay en el país… Como México, literal, no hay dos”, dice Alejandro.
La travesía fue muy provechosa, con todo y las complicaciones normales que implica un reto de esa magnitud. Una de esas complicaciones fue el Covid-19.
“Dar la vuelta al mundo en velero y con pandemia fue un reto mayor. Tuvimos que adaptarnos, tuvimos que modificar absolutamente todo el proyecto que traíamos. Tuvimos que buscar la manera de generar recursos en el viaje”.
Además, durante su travesía Alejandro se enteró que su padre y su hermano murieron, éste de cáncer.
A pesar de todo, Alejandro dice que la sensación que uno tiene en el mar es de una libertad absoluta. “Realmente dimensionamos nuestro tamaño real y lo frágiles que somos. Eso nos hace mucho más conscientes del cuidado de nuestra madre Tierra. Siento que tanto mis hijos como nosotros estuvimos sobreestimulados por la naturaleza y eso nos da también una habilidad para determinar qué es importante en la vida. Las prioridades cambiaron y descubrimos que vivir el día intensamente te deja una riqueza espiritual muy seria”.
