MÉXICO (EFE).— En su nueva novela, “La niña polaca”, Mónica Rojas pinta con palabras un retrato de la maldad del comunismo ruso en la Segunda Guerra Mundial, con un trato tan perverso a la gente de Polonia como el de Hitler hacia los judíos.

“El foco histórico está en los nazis y en la atrocidad del Holocausto, sin embargo, si movemos la mirada, veremos que la intervención de Stalin para detener a Hitler tuvo un costo humano terrible del cual no se habla”, asegura la autora poblana.

A partir de una familia polaca, con una niña como narradora, el libro cuenta la ocupación de los bolcheviques en el pueblo de Komárno, cuyos habitantes son deportados a los campos de trabajo forzado de Siberia solo por su origen.

El volumen de 270 páginas, editado por Grijalbo, denuncia a partir de un centenar de testimonios recogidos por la novelista la deshumanización de los rusos en el gulag, donde los polacos recibieron trato de animales y fueron considerados seres inferiores, a la manera que Hitler lo hizo con los judíos.

“Es un equilibrio malvado; hay una parte en el libro que ejemplifica esto: los judíos esperaban la entrada de los rusos, y los polacos la de los alemanes. Las fronteras entre lo bueno y lo malo se disipan y esto es lo sucedido a lo largo de la Historia”.

Hechos reales

Aunque el libro de Rojas cuenta una dura historia a partir de hechos reales, los protagonistas se acercan al amor y la belleza en las condiciones de mayor desesperanza. Gracias a eso muchos sobreviven al hambre, las pérdidas y el dolor.

Ania, niña que en el transcurso de la obra se vuelve adolescente, se aferra al recuerdo de Cezlaw, su primer amor, y en los campos de concentración de Stalin se encuentra con la anciana Olga, quien escribe poemas y cuenta historias optimistas cuando todo parece perdido. “Quería rendir homenaje a quienes murieron o vivieron las atrocidades en los gulag”, apunta Mónica Rojas. “A través de la literatura de ficción uno tiene mayores recursos para escribir acerca de lo bello, con ella pudo la vieja Olga escribir poesía”.

Periodista, candidata a doctora en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Zúrich y activista de los derechos de la infancia, Rojas dio con la historia de la novela en una visita a León, Guanajuato, destino final de algunos de los emigrados de la guerra, que formaron “La pequeña Polonia en México”.

“La historia vino a mí. En León conocí a las primeras personas que me contaron de su estancia en un gulag. El punto de partida fue una mujer de 92 años que sigue entre nosotros y luego recabé información en León y Varsovia. Los más de 100 testimonios fueron las piezas del rompecabezas con el que construí la novela”.

Como en los tiempos actuales en que las ideologías fracasan y se imponen las ansias de poder y el egoísmo de los gobernantes, en el libro los poderosos aplastan y justifican sus abusos con discursos mesiánicos.

“Todo esto se sostiene en los discursos de poder y en las identidades construidas con relatos a partir de intereses. Uno quisiera creer que lo que ocurrió en otro tiempo y otros espacios no va a repercutir en países como México, tan distantes de Rusia y de la Segunda Guerra Mundial, pero no es así. Valdría la pena replantearnos qué es el poder y hacia dónde nos conduce”, reflexiona.

Después de una travesía en medio de hambruna y enfermedades, una parte de los polacos llegó a la Hacienda de Santa Rosa en Guanajuato, donde empezaron de cero, cobijados por un México en plan de madre amorosa.

Los mexicanos corrían el riesgo de desafiar a Moscú. “Nadie se quería meter en problemas con Stalin, México alzó la mano y eso es algo por lo que los polacos de Santa Rosa están muy agradecidos”, revela la autora.

Jan, el hermano de Ania, “va al campo de batalla en busca de su propia identidad, sin embargo, después de mucho tiempo reconoce que ése no era el camino. Es uno de los personajes con los que más me encariñé”.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán