El padre Vicente María Velázquez, uno de los principales impulsores de la independencia de Yucatán, con respecto a España, al frente del grupo liberal de los Sanjuanistas en 1812 y 1813, es un personaje poco conocido.
Ni siquiera cuenta con una biografía digna de tal nombre, apunta el investigador Jorge Canto Alcocer.
El padre Velázquez nació en 1773 en el seno de una familia acomodada. Cursó sus primeros estudios religiosos en el Convento Mayor de San Francisco, que se ubicaba donde actualmente están los mercados Lucas de Gálvez y San Benito. Ingresó al seminario conventual en 1792 y recibió el Orden Sacerdotal en 1800 en la Ciudad Real de Chiapa, hoy San Cristóbal de las Casas, Chiapas. En 1805 ya era capellán de la Ermita de San Juan Bautista. El distinguido sacerdote, primo de Lorenzo de Zavala, falleció en 1828.
Ya se ha repasado la faceta del padre Velázquez como promotor de las ideas y movimiento libertarios de Yucatán, y defensor de los más humildes, principalmente indígenas explotados, lo más importante y trascendente, pero se desconocen, o solo unos cuantos lo saben, sus invaluables acciones para la conservación del patrimonio histórico y de arte sacro colonial.
En su libro “Vidas y letras yucatecas”, el arqueólogo Luis Millet Cámara destaca lo siguiente: “Al restablecerse la Constitución Española en 1820, las Cortes emitieron un decreto ordenando la secularización de los curatos que estuviesen a cargo de las órdenes religiosas. En Yucatán se dio cumplimiento a esta disposición en enero del año siguiente (1821), por lo que los franciscanos perdieron todos los curatos que aún conservaban, a excepción de los de Calkiní y Ticul”.
“En Mérida, ese mismo mes, el gobernador Echeverri mandó que se hiciese el inventario de los conventos de San Francisco y de Mejorada, y en febrero ordenó el desalojo del primero, conservando el otro para aquellos frailes que no desearan secularizarse. El 15 de febrero se realizó la entrega del Convento de San Francisco (donde estudió el padre Velázquez, señalamos nosotros) a las autoridades civiles”.
“En medio de este desastre”, prosigue Millet Cámara, “el padre Vicente María Velázquez consiguió conservar una cruz de piedra con un relevado crucifijo removiéndola del lugar en el que se encontraba, que era un hermoso pedestal en el patio del convento grande de Mérida (Convento de San Francisco) y la llevó a la ermita de San Juan Bautista de la que era capellán (Museo Yucateco, tomo 1, p. 34)”.
“Esta cruz de piedra, conocida como la Cruz de Cozumel, fue supuestamente encontrada en esa isla y se consideraba que era un objeto de culto desde los tiempos prehispánicos. Cuando la parroquia de Cozumel pasó a manos del clero secular a finales del siglo XVI, los franciscanos que la tenían en la iglesia de ese lugar decidieron trasladarla al Convento de San Francisco, donde permaneció más de doscientos años…”.
“De la misma iglesia de San Juan”, continúa Millet Cámara, “proviene otro significativo monumento, cuyo rescate también atribuimos al padre Velázquez, un mérito más a su intachable personalidad: la escultura funeraria que debió estar en el lugar de entierro de los Montejo. En un momento se pensó que se trataba del entierro de Juan Bote, uno de los conquistadores y protector de la iglesia de San Juan; luego se aceptó que debió ser el de Montejo, el Mozo, quien falleció en 1565 en esta ciudad”.
También han sido capellanes de la iglesia meridana de San Juan Bautista los sacerdotes Manuel Loría Rosado (1935-1958), Arturo José Arias y Luján (1958-1970), Jorge Medina Vázquez (1970-1978), José María Casares Ponce (1978-1993), Adriano Wong Romero (1993-2005), Fernando Escobar Fajardo (2005-2007), y, desde el 1 de junio de 2007, monseñor Juan Castro Lara.
