Su presencia menuda y su personalidad avasalladora me acompañó en los primeros años de mi niñez. Todos los adultos se reunían en la biblioteca, y yo me inmiscuía, con toda desfachatez, para oír cada anécdota que ella nos compartía.

Lo cuento como lo oí de su propia boca, con mi perspectiva de niña, pero con la mente abierta que heredé de ella… y así nos lo contaba:

“Cuando llegó esa carta a casa dirigida a mi nombre de parte del general Salvador Alvarado, hombre conocido por haber entrado a la Santa Iglesia Catedral de la capital yucateca, a caballo, y un tanto sanguinario, sentí que me temblaban las piernas. La abrí rápidamente y era una cita para verme en su despacho, en el Palacio de Gobierno”.

“Papá no era de sus filas y eso se sabía. Pero me armé de valor y asistí”.

“Al verme llegar, los amigos de la familia que ahí estaban se preocuparon. Yo seguía aterrada, pero demostrando aplomo. Cuando al fin entré y lo vi ahí, sentado, pensé que cualquier cosa podía pasar, hasta que correctamente se dirigió hacia mí y me propuso la dirección de la biblioteca (pública central estatal) Manuel Cepeda Peraza, a lo cual agregó: ‘Sepa usted, Beatriz, que esto no se lo debe a nadie, esto es obra de su talento y capacidad…’”.

Escuché esa historia muchas veces y la imaginé otras tantas. Podía sentir el miedo de mi “litin” de figura frágil, pero a la vez de determinación férrea. Ahora la veo desde todos los ángulos y, como mujer adulta, la quiero y admiro más que nunca. Si ella no hubiera luchado por mis derechos, que hoy son de todas las mujeres, permaneceríamos sin las oportunidades que hoy nos hacen más fuertes.

Escritora, feminista, diputada, docente, una dama en toda la extensión de la palabra… Ella es Beatriz Peniche Barrera, mi adorada Bety Peniche… Y yo, ¡yo era su adoración!

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

 

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