La vocalista del dueto The Givers canta “Una historia entre tus manos” y prepara a los invitados al Desayuno de “Cottolengo” a nutrirse con la experiencia de muerte y resurrección de Joaquín.

“El día de hoy me siento vivo realmente”, dice con voz emocionada después de contar el infierno vivido en su niñez, como hijo de padre alcohólico y madre afectada de sus emociones.

Creció entre gritos, humillaciones y golpes. “Recuerdo que subía al techo y en una cabilla ponía una soga con la idea de colgarme”. Al llegar a la adolescencia probó la mariguana y sintió alivio.

“Me abrazó, como si fuera una mamá cariñosa. Me ayudó a apagar la voz de mi mamá que me decía ‘por tu culpa arruiné mi vida’”.

Pronto el consuelo falso se convirtió en adicción, en compulsión, en perversa enfermedad. “Todos me comenzaron a despreciar y me hundí más”.

Aunque tuvo oportunidad de conocer, a los 16 años, un grupo de Alcohólicos Anónimos, no podía aceptar aún que tenía un enfermedad.

“Me casé, tuve a mis hijos. Empecé a hacer cosas horribles a mi familia. Recuerdo una Navidad. Le dije a mis hijos que hicieran sus cartitas a Santa Claus, pero yo me andaba drogando. Sus voces resuenan ‘¿papito, por qué Santa es malo, por qué no nos trajo regalos si nos portamos bien?”, evoca Joaquín con voz entrecortada.

Tuvo que llegar a la cárcel y enfrentarse a una larga condena, mínimo de 30 años. “Aun así no podía entender que estaba yo enfermo. Una mujer, que de nada me toca y hoy tiene 80 años, me animaba y me aseguraba que sus oraciones serían escuchadas. Y sí, un día llegó mi carta de libertad”.

Ya fuera, siguió perdido un tiempo hasta que una joven lo motivó a buscar ayuda. “Así llegué a este lugar de vida. Hoy me siento realmente vivo y les agradezco a ustedes que hagan posible este milagro”, expresó Joaquín con rostro iluminado antes de cerrar su compartimiento con la oración “Hazme un instrumento de tu paz”, que leyó del libro de Alcohólicos Anónimos.

Los invitados al desayuno aplaudieron con reverencia, algunos secaron sus lágrimas y sintieron el beneficio espiritual de ver cómo sus aportaciones pueden ayudar a salvar vidas.

El desayuno estuvo sabroso, pero lo mejor de todo fue el banquete espiritual, que hicieron posible el director de Cottolengo, Ignacio Kemp Lozano; el presidente del patronato, Alejandro Jorge Macari, y todo un ejército de bienhechores y voluntarios que “se ayudan ayudando a otros”, como subrayó el sacerdote en su emotiva y divertida participación. Quien quiera unirse a esta familia luminosa puede ponerse en contacto con Libia Cáceres Novelo (9992-57-69-82) o Esperanza Bernés Rivera (9991-49-35-32).— Megamedia

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán