Qué noche tan colorida y redonda en placer nos ha ofrecido, ya con las frialdades y los aliños festivos de febrero, el tercer recital de la XXXIX Temporada de nuestra Orquesta Sinfónica de Yucatán, alimentando la indumentaria del programa con dos nacionalistas —un escandinavo y un checo— muy conocidos y apreciados por su público.
Anteanoche, en el Palacio de la Música, las voces de Edward Grieg y Antonin Dvorak (de nueva cuenta) se difundieron con deleitable tino —desde la concentración directriz del maestro Juan Carlos Lomónaco— en dos de sus piezas más recordables y admiradas: la Suite Golberg del noruego y la Sinfonía llamada “Del Nuevo Mundo” del autor de Praga.
Una suite
En 1884, Grieg rindió homenaje a su compatriota el filósofo y dramaturgo Ludwig Golberg con ocasión del bicentenario de su natalicio, así que recurrió al ambiente musical que lo rodeara, el barroco de Bach y Haendel, para tejer una excelsa imitación de las danzas más usuales de aquel período.
Como de jarrón de porcelana fueron saliendo —variables ritmos, ricos acentos— las seis piececillas diseñadas por don Edward. Primero, entre solemne y travieso, el preludio con enfáticos murmullos de corredor palaciego. De inmediato, una Zarabanda, danza tan sensual que fue prohibida en España por Felipe II, en esta ocasión con embriagante dulzura, máxime en el cantar de las violas y el roce melancólicodel chelo.
Enérgica, chispeante y viva nos llegó después una Gavota en la que las cuerdas remedan campesinos suizos en fiesta. Cae después una Musseta, ejemplo de la rusticidad elevada por el arte, con el chelo como guía rítmico. La siguiente danza —Aire— recurre al hipnótico pulso de las arias de Bach y nos enfrenta a un desgarrador, emotivo instante, previo a la alegría del Rigodón final (bravo, míster Collins) con párpados despiertos y sangre viva. Flexible, clara y rica en el manejo de los tiempos, la lectura de nuestra orquesta requirió un fuerte y prolongado aplauso.
El renombre de Dvorak rebasó los límites de Europa y en 1891 fue llamado a los Estados Unidos para dirigir un conservatorio en Nueva York y servir de modelo a los compositores que apenas surgían en el futuro imperio ya encaminado en el arte de arrebatar territorios ajenos por la fuerza de las armas (que lo digan si no México y los infelices pieles rojas).
Una vez en uso de la plaza, a don Antonin le dio por viajar y escuchar música de negros y de los pueblos originales. Hizo apuntes y no mucho después, le llegó la nostalgia del papá católico, suspiró por sus hijos y compuso una sinfonía con mutaciones de ánimo que tiene hasta hoy el sobrenombre de “desde el Nuevo Mundo”.
En los cuatro instantes de esta pieza, Dvorak no utilizó ningún motivo americano, pero creó temas a los que dio el ritmo y el colorido de los espirituales y las danzas aborígenes. Hay también muchas reminiscencias de su alma eslava. Con todo, logra una descripción de la inmensidad del paisaje norteamericano, en especial el de las grandes praderas, donde se dio la expansión indetenible de los colonos hacia el Oeste.
Un movimiento inicial con tres temas, de los cuales sobresale el nuclear, cíclico, que aparecerá como recordatorio en otros momentos. Un largo melancólico impregnado del dolor de las razas opresas que el corno inglés vuelve inolvidable.
El expansivo scherzo que revela el escape espiritual de las fiestas nativas y un allegro con fuego donde se da la lucha de diversos temas hasta alcanzar un vigoroso equilibrio que se va atemperando para olvidar cualquier oposición.
No hubo oyente que no advirtiese esa plenitud de color, el manejo de los contrastes de impetuosidad y silencio, el devenir de los temas y la precisión del tiempo. Esta notable criatura sinfónica nos llegó manejada con equilibrada proporción de ritmos y matización por nuestra orquesta en la experta mano de don Juan Carlos.
Cuerdas y alientos acertaron en sus lapsos de diáfana sobriedad y en los de radiante vigor evitando estridencias. El corno inglés deliciosamente atinado en el dibujo del triste Largo. Las cuerdas bajas plenas de intimidad. Pocas veces es dable recibir las oportunas sentencias del timbal como en los movimientos extremos de esta magna obra.
Al unísono, al finalizar la pieza con ese tenue reposar de ímpetu, el público se puso de pie para una de las ovaciones más sinceras y merecidas por nuestra orquesta. En esos aplausos y vítores era evidente no solo la retribución por el placer recibido, sino el orgullo de advertir con cuál robustez y dominio había surcado la OSY una obra monumental como la Sinfonía número 9 Op 97 del checo inmortal.— Jorge H. Álvarez Rendón
