La Iglesia Católica conmemora la vida y obra de sus santos, entre los que destacan algunas mujeres, como Santa Mónica, madre y esposa ejemplar, quien es un modelo a seguir por su fe, esperanza, amor y oración continua por la conversión de su hijo y esposo.
Mónica es conocida sobre todo por ser madre de San Agustín. Su figura es honrada por sus virtudes cristianas y por la vida de oración que adoptó para lograr la conversión de su hijo.
Durante su juventud, en un principio Agustín tuvo una vida muy desordenada e incluso se hizo adepto a una secta llamada los Maniqueos. Su madre no paró de orar para que su hijo abrazara el catolicismo.
Sin embargo, después San Agustín sintió una llamada divina y se volcó por completo en su faceta como erudito y religioso.
Tras hacer penitencia y ser bautizado por San Ambrosio, se dedicó a la oración y las buenas obras, viajando al continente africano para serle útil a la Iglesia.
Posteriormente fue ordenado Obispo de Hipona, defendió una filosofía de vida basada en la sencillez y escribió numerosas obras de vital trascendencia para la Iglesia Católica, entre ellas “La Ciudad de Dios y Confesiones”.
Mónica también consiguió que su marido Patricio se convirtiera, pues no era religioso, además de que fue obligada por sus padres a casarse con él. Fue, además, un marido que la hizo sufrir mucho, en particular por ser un adúltero. Sin embargo, después de muchos sacrificios y de incontables rezos, la Santa se vio recompensada con el ingreso de su esposo en la fe católica, terminado por bautizarse.
A Santa Mónica la Iglesia Católica la conmemora el 27 de agosto y al día siguiente a San Agustín, como una imagen de que, gracias a sus oraciones a Dios, la conversión de su hijo fue posible.
