Albricias. Ondea nuevamente la alegría. Ha retornado enero con su fardel de fríos y esperanzas. Nos llega también —después de islotes de incertidumbre— una nueva temporada de conciertos —la XXXIX— de nuestra Orquesta Sinfónica de Yucatán.
Anteanoche, en su sede provisional, el Palacio de la Música, el máximo conjunto del Estado, bajo la tutela del maestro Juan Carlos Lomónaco, extendió el rítmico y aromado obsequio de Año Nuevo para los fieles oyentes cuyo aumento ha persistido. La gala con la que se abre el calendario.
Tuvimos un programa sencillo, pero de exaltada emotividad: una modélica obertura, una suite de temas operísticos y tres de los más celebrados valses de estirpe vienesa. Para aproximarse a las raíces populares, nuestra orquesta no requiere interpretar “El makinon”, “La sirenita” o temas fílmicos.
Pocos géneros más populares que los valses, danzados en su origen por obreros y campesinos en graneros o tabernas. Manifestación del alma colectiva.
Valses y valses que —paso a paso— volaron en alas de su propia ritmicidad y fueron llegando a públicos más educados gracias a versiones académicas edificadas por autores como Johannes Strauss, Peter Tchaikowski y Federico Chopin.
Von Suppe
Aunque fue croata y su nombre original era Francisco Hermenegildo Suppe Mazalli, este compositor se adecuó perfectamente al ambiente austriaco, incluso simplificó su apelativo con el germánico Franz von Suppe y no tardó en ser llamado “el rey de la opereta vienesa” por los periódicos de la época.
La obertura de Poeta y campesino (1846) que nuestra orquesta ejecutara como prenda inicial del programa resulta, junto a Caballería ligera, lo único que se interpreta del autor en nuestros días. Sus operetas íntegras, aunque bellas, han perdido actualidad por sus precisas referencias a otro tipo de sociedad.
Comienza la obertura en forma solemne, con aire de pensativa romanza, con los metales en rica expresividad hasta que un chelo dibuja una ternísima melodía a partir de la cual el esquema se anima lentamente hasta que —enmudecido el chelo— estalla un caudaloso tutti que posteriormente se entrevera con un atisbo valsístico antes de finalizar con inmenso impulso.
Muerto George Bizet creyéndose fracasado fue su amigo Ernest Guiraud quien eslabonó números de Carmen, la ópera plena de pasiones, en dos suites orquestales. Fue la segunda la que nuestra orquesta ejecutó como siguiente paso del programa.
Reconoció el público los alineamientos de los guardias y la marcha de los contrabandistas, la sensual flauta del episodio gitano, el callejero desplante del torero Escamillo rodeado por sus admiradores, y especialmente una de las más hermosas arias de la cigarrera Carmen, esa sensual evocación del amor como un pájaro de fuego que va atrapando corazones. Logró el maestro Lomónaco una versión vigorosa y plena de soltura en la que muchos interpretes destacaron en lo individual. El público agradeció con nutridas palmas.
Hora de los valses
El primer vals que escuchamos fue el muy amado Voces de primavera, que don Johannes Strauss generara en 1882 para ser cantado por la soprano Bianca Bianchi en un festival caritativo organizado por la emperatriz Isabel, la hermosa Sissi para niños sin hogar.
“Vuela alto en el azul la alondra y el aire se llena de calidez. La primavera está aquí”. La pieza impulsó a la Bianchi al vencer las intensas y veloces coloraturas estructurales, y el vals inició su expansión mundial. Los públicos lo han conocido no solo en los recitales y las salas de baile, sino también por inclusiones en el cine y en anuncios de televisión. La versión de nuestra orquesta se caracterizó por su fidelidad rítmica y limpieza melódica.
Continuó la velada con otro vals inmortal: Cuentos de los bosques de Viena (1868) con el que el género se despega de sus orígenes populares y asciende hacia ambientes burgueses, evocador de paseos y extravíos por el ambiente rural. Son inolvidables ese solo de violín (originalmente, citara) y la cadenza desenvuelta por la flauta que nos trae a butacas el trinar de aves.
Finalizó la velada con el más célebre de cuantos valses haya compuesto Strauss, el modélico e idolatrado “Danubio azul” que brotó en 1866 como coral de carnaval para un salón un tanto frívolo, pero alcanzó el éxito al interpretarse en la Exposición Universal de Paris que en América se conoció desde las crónicas de Rubén Darío.
“A través de valles y praderas, tus ondas corren y Viena te saluda” expresa el coro y el entusiasmo consiguió que llegase a ser como un segundo himno austriaco. Y es que el amor por este río, que atraviesa cinco países europeos, no está a discusión y se expresa en una rítmica imitación de sus aguas, no siempre azules, aunque incansables.
Llegada la velada a este punto terminal, la emoción de los oyentes —muchos de pie— se desbordó en una lluvia de aplausos ante lo que el maestro Lomónaco correspondió con la ejecución de la Marcha al mariscal Radetzky con la que el público —en pleno disfrute— participa con el estribillo de palmas rítmicas.— Jorge H. Álvarez Rendón

