“EL MAYOR DE ENTRE USTEDES SEA SU SERVIDOR”
Los escribas y los fariseos eran bien vistos por la gente del pueblo en tiempos de Jesús, porque eran considerados como los mejores observantes de los mandamientos de la Ley de Dios y los predicadores más ejemplares de la verdad. Por eso la gente sintió que Jesús, en el texto del Evangelio de hoy, fue demasiado severo con ellos. Sin embargo, ante el ambiente enrarecido que los fariseos y escribas estaban formando alrededor de Jesús, Él arremetió contra ellos.
En realidad, lo que se percibe en este episodio es la confrontación entre dos modos de querer vivir el mensaje de Jesús: los que se preocupan por las apariencias (filacterias, franjas del manto, lugares de honor, etc.) y los que simplemente quieren vivir como Dios manda, sin buscar honores ni recompensas, sino la vivencia práctica de la caridad: socorrer al más necesitado y ocuparse de él como buenos samaritanos.
Por eso resuena la voz del profeta Malaquías: “Si no me escuchan y si no se proponen de corazón dar gloria a mi nombre, yo mandaré contra ustedes la maldición”. Él advierte con toda claridad qué es lo que Dios quiere, qué le importa más: las apariencias o las acciones concretas.
Jesús, pues, no rechazó la misión de la enseñanza, por eso dijo: “Hagan todo lo que les digan, pero no imiten sus obras”. Lo que sí denunció fue el demasiado orgullo de aquellos “sabios” que se ufanaban de sus conocimientos teológicos y despreciaban a todas las personas que no conocían la religión. Hoy Jesús nos invita a no confundir grandes manifestaciones de gente con adhesiones genuinas a Cristo y nos convence a unir fe y religión para ser verdaderamente los discípulos que “dicen y hacen”.
