El día que tuve —la gran oportunidad— de despedirme, cara a cara, en el más profundo y perfecto de los silencios de la habitación del hospital de Jorge Auais, recuerdo haber sentido la rabia correr por mis venas y las ganas enormes de pelearme con Dios… ¿cómo podría estarse llevando al hombre más querido de todo Mérida (que se ganó, a pulso, el amor de miles)? ¿Por qué de todos, él? No podría estar sucediendo algo tan injusto, era prácticamente irreal. Y, pues, en ese momento, decidí molestarme con el mejor amigo de mi tío Jorge… Jesús.

Recuerdo estar de regreso a casa ese día pensando todas y cada una de las preguntas a las cuales probablemente nunca les encontraré una respuesta. Esa molestia me duró unas horas, sino es que toda la madrugada, hasta que durante la homilía de la misa del día siguiente, monseñor Jorge Carlos Patrón Wong dijo: “Nunca había visto a un enfermo en estado terminal estando tan feliz por regresar a la casa del padre como Jorge”. Esa oración me llevó rápidamente a olvidar por completo toda la ira que sentía en cada centímetro de mi cuerpo: verdaderamente lo mejor que le pudo pasar fue estar de la mano de Cristo, es lo que siempre quiso.

A raíz de su partida, he podido replantearme múltiples cosas, así como también sentir una cantidad inexplicable de amor.

Jorge Auais le dejó a todas y a cada una de las personas que cruzaron en su camino una enseñanza de por vida. Dio testimonio con su vida de una forma tan peculiar de la cual es difícil encontrar las palabras exactas para poderlo explicar. Ha sido tanta gente testigo de cada uno de sus abrazos tan especiales y tan suyos (que puedo asegurar están sintiendo conforme escribo esta oración), y los cuales probablemente no sentiremos con tanta frecuencia, pero estoy segura que lo haremos porque él siempre va a estar aquí. No hay otra manera de decirlo. Jorge era Jorge, ésa es su descripción.

No era mi pariente sanguíneo, pero tenía esa habilidad para hacer sentir a todos los que pasaban por su camino que lo eran. Para mí él era la imagen perfecta y detallada de Jesús en la tierra. Es poco probable que exista un ser tan altruista y lleno de amor como él, pero a raíz de su enfermedad se encargó de formar una comunidad gigantesca que quiera seguir sus pasos de manera religiosa, espiritual y sobre todas las cosas humanas en búsqueda del verdadero mensaje de Dios: vamos a amarnos los unos a los otros. Su corazón no era, valga la redundancia, suyo… sino que era del mundo.

Siempre presente

Jorge Auais hoy está en casa del Padre, pero no está descansando: se está haciendo presente de alguna manera mística y muy suya de todos aquéllos que lo amaron en vida y que probablemente estén sintiendo mucho dolor por su partida. Pero, aún no estando aquí de forma tangible, está. Ya sea en el viento que tira las sillas en una misa, en una canción, en un pájaro sentado en tu ventana que decide no irse, en una imagen que no recordabas, en un recuerdo que llega repentinamente a tu memoria… él está. Creo que puedo escucharlo diciéndome al oído: “de tu lado no me he ido”.

Creo que todos esperábamos con ansias el milagro de su salvación física, pero, a su manera, él esperó y grandes cosas vio: pudo tener a Dios cara a cara y decirle “cuánto había esperado por tomarte de la mano”.

Jorge Auais se despidió dejando un gran vacío en nuestros corazones, pero si nos echamos unos pasos para atrás, podemos ver (y estoy segura de eso) que en vida llenó ese vacío delicadamente poniendo un granito de arena a la vez con cada una de las cosas que hacía por todos nosotros.

Mi tío no se fue y nunca se irá del todo, está siempre con nosotros, viviendo en nuestro corazón.

“Somos los que estamos, los que fueron, y los que vendrán”.

Te ama con todo su corazón, “tu querida Sofi”.- Por Ana Sofía Gamboa González

“Él esperó y grandes cosas vio: pudo tener a Dios cara a cara y decirle ‘cuánto había esperado por tomarte de la mano’”

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