“APARECIÓ EN EL DESIERTO JUAN EL BAUTISTA”

Tanto el texto de Isaías como el de san Marcos presentan hoy la figura de un heraldo de la llegada del Señor. El anuncio profético, abierto con palabras de valentía y esperanza, “¡Consuelen, consuelen a mi pueblo…!”, lleva a que Dios vuelva a caminar con su pueblo que ha sido totalmente perdonado. Por este camino de la esperanza y de la alegría, como en el antiguo éxodo de Egipto, el Señor marchará delante como un Pastor ejemplar y, detrás de Él, todo el pueblo elegido como un perfecto rebaño.

Ahora bien, en el evangelio nos encontramos con un excelente heraldo, Juan el Bautista, quien como un índice apunta hacia el ingreso decisivo del Señor por los caminos de este mundo. En Jesucristo se realiza la presencia suprema de Dios en medio de las gentes. Las palabras del Bautista dibujan el rostro de Jesús que llenará todo el evangelio según san Marcos.

Jesucristo es el soberano de la Historia, como lo sugiere la imagen del desatar las sandalias, un gesto que era típico del esclavo respecto de su dueño y que estaba prohibido a los hombres libres. El Bautista se declara indigno hasta de hacer este acto extremo, reconociendo en Cristo una realeza altísima, la misma de Dios.

Hoy, pues, nos encontramos con la voz de un heraldo, Juan el Bautista, con el índice apuntando hacia el ingreso definitivo del Señor por los caminos del mundo. En efecto, en Cristo se realiza la presencia suprema de Dios en medio de toda la humanidad. Juan el Bautista nos delinea la fisonomía de Cristo: Él es el “fuerte”, cuyas obras son eficaces, y no frágiles; Él es el soberano de toda la Historia, y en Cristo aparecen “los cielos nuevos y la tierra nueva”.

Juan el Bautista está destinado a “disminuir” para que Cristo crezca; su bautismo será un signo elevado y solemne que inaugurará la nueva era en la que el Bautismo de Cristo transformará radicalmente a la persona abriéndole un horizonte inesperado, el de Dios mismo.

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