Yahja el Bautista cuenta que Mijayah —el profeta— visionó y dijo: “Y tú Bet Léhem de Efrat, no eres la más pequeña; de ti saldrá el que ha de dominar Isheral, por años sin término”.
Y en efecto, seis siglos más tarde, una fría madrugada la visión profética se cumplió.
La solemnidad del Pésaj estaba cerca y, como era ya milenaria costumbre, en la pequeña aldea todo era tranquilo, todo era normal, recordó el Bautista.
Aquella noche, grupos de pastores cuidaban sus rebaños en los campos aledaños a la aldea; los resguardaban del frío y de los chacales en las pequeñas cuevas ubicadas al pie de las lomas.
Los pastizales betlemitas, mi avisado amigo, desde tiempos davídicos son los mejores de toda la región y los rebaños son reservados para la ofrenda del gran altar del Templo de Yurusalim.
Según el testimonio de los pastores —únicos y presenciales testigos de lo ocurrido aquella noche— todo ocurrió en una de esas grutas, donde Yosef y Mariam pasaron la noche por no haber encontrado lugar en el mesón.
Hoy, tres décadas después —los pastores, sus hijos y nietos— siguen alimentando nuestra fe y memoria con vívidos relatos de aquellos sucesos.
Desde mi niñez, cuenta emocionado el Bautista, guardo en mi corazón este testimonio de los pastores —para mí— el más conmovedor: “Fue una noche tachonada de estrellas, bajo el cielo claro de Bet Léhem; la señal esperada llegó: una Virgen dio a luz al Príncipe de la Paz”.
(*) Psicólogo clínico, UVHM. Tutor Salud Mental y Espiritualidad para Adultos. WhatsApp: 9993-46-62-06. www.facebook.com/TutorSaludMental.
