“El Espíritu Santo descenderá sobre ti”
Al deseo del rey David de tener un templo grandioso en la ciudad de Jerusalén, para tener también a Dios como un ciudadano de su reino, el profeta Natán le contrapuso la extraña e inesperada elección de Dios.
Él nunca ha manifestado la voluntad de habitar en una casa, es decir, de fijar su presencia definitivamente en un lugar y, mucho menos, en un templo suntuoso. El modo preferido de Dios de mostrar su presencia era el mismo que en los tiempos del éxodo. Yahvé es el Dios vivo, Dios de los que le buscan y de los que caminan, Dios de la historia en la que se va operando la salvación del hombre.
Ahora bien, en el evangelio escuchamos que “la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”: esta expresión bíblica significa lo mismo que “la nube luminosa” y “la gloria de Yahvé” en todo el Antiguo Testamento, es decir, la señal de la presencia de Dios que protege a su pueblo. Porque la Virgen es a partir de ese momento como el santuario en el que se manifiesta la “gloria de Yahvé”, no en un templo de piedra, sino en el Templo perfecto del cuerpo de Jesucristo.
A las puertas de la Navidad, este Cuarto Domingo de Adviento el esquema litúrgico nos propone la lectura de la anunciación (que escuchamos en la fiesta de la Inmaculada Concepción); entonces, fijamos nuestra atención en la fisonomía espiritual de María. Hoy, en cambio, tratemos de trazar los rasgos de Jesús, Hijo de María. Primero, su humanidad, condensado en su nombre, que significa “salvar”. Cristo, asumiendo forma, nombre, naturaleza humana, se acerca a nosotros para salvarnos. El segundo, se desarrolla a lo largo de la dinastía mesiánica: “reinará sobre la casa de Jacob…”, de modo que Jesús es el Mesías esperado por Israel. El tercero, está señalado con la serie de títulos: “Hijo del Altísimo”, “Grande”, “Santo”, “Hijo de Dios”. El Hijo de María es también Hijo de Dios, es el Creador y Señor de la historia, es el Salvador y el Señor de todos, en todos los tiempos.
