La XXXIX temporada “extendida” de nuestra Orquesta Sinfónica de Yucatán continuó anteanoche con un programa interesante y vigoroso bajo la dirección de José Areán y la participación del hábil violinista Adrián Justus en papel de solista.
Se inició el programa con uno de los mayores compositores del siglo XX, según cánones estéticos, pero conforme a lo mundano que hoy prevalece fue un pobretón dedicado a la poco útil y extravagante actividad de rescatar antiguos temas populares ahí por los montes y poblachos entre Hungría y Rumania.
¿Por qué no ingresar al imperio de las inmobiliarias? ¿Cómo no invirtió en la Costa Azul o en Cancún con ayuda de compadres? Respetabilísimo y todo debió vivir en el exilio norteamericano produciendo obras de la mayor modernidad con raros intervalos y armonías inusuales.
Danzas folclóricas
Su nombre fue Bela Bartok y le escuchamos siete danzas folclóricas rumanas que recolectó ahí por 1915 cuando aún no existían las grabadoras ni los vídeos.
La primera —Stick— tuvo su origen en un par de violinistas gitanos que don Bela escuchara en un pueblecillo llamado Kilucht. Moderada, con aroma de centurias, refleja el alma pura del pueblo que se deshoja en leyendas.
Enseguida, otra danza —Sash— parpadeo de alegría que el investigador escuchó en flauta de madera soplada por un anciano.
La tercera —In one spot— es de humor oscuro, originalmente también para flauta, y se supone proviene de Oriente Medio por la selección de sus intervalos (dicen los especialistas). Acto seguido, la famosa Danza de Bacsum, de calidad suave, como de minué. Las tres últimas danzas —llamadas todas Maruntel— rebosan bullicio y alegría de vivir. Nuestra orquesta, impecable.
El canto del violín
Entre los conciertos para violín y orquesta, junto a los de Beethoven, Brahms, Tchaikowsky y Mendelssohn, ocupa un lugar señero el del finlandés Jean Sibelius, que nuestra orquesta nos ofreciera con la afortunada sociedad del maestro Justus, graduado en Rochester y amplia experiencia escénica.
Desde el primer movimiento, percibimos ese contacto permanente y vivencial del autor con el sentido de la naturaleza, su idolatrado horizonte finés. Canta el violín sus temas y la orquesta lo secunda, un oleaje de ternura vigorosa cuyo horizonte apenas se vislumbra se pasea como ofrenda que el espíritu agradece. Intenso es el motivo nuclear que transita desde la cuerda a los demás instrumentos.
De desarrollo lento es el segundo tiempo. Los alientos se suavizan a la manera de Debussy y sólo cuando entra de nuevo el instrumento solista la atmósfera se torna temperamental, más romántica, en la esfera evocadora quizá de Mendelssohn como han apuntado algunas voces autorizadas. Inolvidable la melodía que el violín entona en sus laberintos para finalmente entrar en diálogo con la orquesta.
El último instante —difícil no sólo por razones de técnica, sino por la emotividad— pertenece al violín que usa muchos alardes (subidas a toda velocidad, notas dobles) y se enseñorea de tal manera que la orquesta a veces solo es un murmullo o un rítmico obstinado.
Genialidad
Y también advertimos —como rasgo de genialidad— esa resolución que se corta al final y pareciera como si el movimiento volviera a empezar con entusiastas frases cromáticas del violín hasta detenerse, un segundo después, en el momento preciso, en la frase enseñoreada del justo y último suspiro.
Los aplausos para el señor Justes, don José Areán y nuestra orquesta cayeron en cascada. Se cerró el programa con la más rara y breve de las sinfonías del soviético Dimitri Shostakovich, aquella compuesta en agosto de 1945 para que fuera la gloriosa expresión de alegría por la victoria rusa sobre la Alemania nazi. Se esperaba que después de las enormes séptima y octava, sinfonías “ de la guerra” que el delirante Stalin había alabado, la novena sería una apoteosis de himnos, esplendor de fanfarrias y entusiasmo como la novena de Beethoven. Un deslumbramiento de salvaje y feliz triunfalismo.
Sólo que —como afirma el famoso critico Alex Ross en su espeluznante libro “El ruido eterno”—, un alma libre como la de don Dimitri, utilizando todo su sarcasmo, la ironía más feroz y la más dolorosa de las experiencias intimas, cantó el final de una guerra dolorosa y plena de crímenes en todos los bandos con humor, sin estrépitos, sin concesiones al sistema y sus ansias de exhibición a costa de miles de muertos.
El triunfo de la pieza en el extranjero —Toscanini la interpretó por radio en Estados Unidos— quizá fuera una de las causas de que la barbarie de las botas rojas no acabaran ni con la libertad o la vida de Shostakovich.
Dato significativo: en vida del monstruoso Stalin no volvió a componer sinfonía alguna. No se encuentran triunfalismos en la partitura. En el primer tiempo —allegro— las cuerdas parecen jugar y hasta ciertos intentos de trombón le otorgan cierto aire circense. En la reexposición hay una imitación bellísima del estilo de Haydn, cuyas piezas solía tocar Shostacovich en las tardes con su colega Dimitri Kabalesvsky.
Lirismo melancólico, de ocultos ecos del sufrimiento del pueblo posee el moderato, cuyos temas son presentados por famoso solo de clarinete. Más tarde los chelos y los contrabajos, lentísimos, convocan a la flauta y al fagot flauta y oboe en un pudoroso ejercicio de memoria del hambre y el barro seco que los poderosos del Kremlin nunca padecieron.
En el scherzo siguiente —presto— se percibe la juguetona huella de un clarinete junto a piccolo y las demás flautas como pliegues del sentimiento que se alejan de las llamas.
Después una trompeta inicia el protagonismo —con alusiones a Mahler— y retorna el scherzo para diluirse en la armósfera del siguiente momento —largo— donde los trombones y la tuba presentan una siniestra melodía —de origen judío— que el fagot prosigue hasta el final. “Si el beber es amargo, transfórmate en vino”. — Jorge H Álvarez Rendón
