“Vieron dónde vivía y se quedaron con él” (Jn 1, 39)
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este segundo domingo del Tiempo Ordinario de la liturgia.
Durante la semana pasada, primera del año, tuvimos la gran alegría de ordenar como diáconos a dos jóvenes seminaristas, los cuales, con el favor de Dios, llegarán dentro de algunos meses al sacerdocio ministerial. A cada uno de ellos los ordenamos en su propia parroquia, para que esta celebración fuera ocasión de que algunos niños y jóvenes pudieran escuchar el llamado de Dios para la vida sacerdotal.
Debo decir que la vocación es para todos, pues Dios llama a cada uno por diversos caminos, al matrimonio, a la vida consagrada, al sacerdocio, a la soltería, a la santidad de vida. Qué distinto se vive el matrimonio cuando el hombre y la mujer son conscientes de compartir la vocación matrimonial.
En el santo Evangelio de hoy, según san Juan, tenemos el caso de los primeros discípulos que Jesús llamó. La primera lectura, en este caso tomada del Primer Libro de Samuel, nos presenta el relato de la vocación de este niño. Como siempre, en el Tiempo Ordinario de la liturgia, la primera lectura va brincando de un libro a otro del Antiguo Testamento, con un pasaje que esté en armonía con el tema del Evangelio.
Andrés y Juan eran discípulos de Juan el Bautista, pues frecuentaban su enseñanza. Ellos estaban siendo llamados interiormente por Dios a una vida mejor. No eran llamados por el Bautista, sino que reconocían en sus palabras la voz del Señor. Por eso, cuando Juan el Bautista ve pasar a Jesús y les dice: “Éste es el Cordero de Dios”, ellos dejan a Juan y siguen a Jesús.
Es muy profundo el adjetivo que Juan le pone a Jesús, pues lo llama “Cordero de Dios”. Cada pascua, los judíos inmolaban un cordero por familia, para recordar la liberación de la esclavitud de Egipto. Además, todos los días se inmolaban en el templo de Jerusalén cientos de corderos. Ahora se trata del “Cordero de Dios”, así que éste es un anuncio del sacrificio de Jesús en la cruz, el único que trae la verdadera liberación del pueblo de Dios, el único sacrificio que desde entonces se habría de ofrecer a Dios. Por eso el sacerdote en cada misa presenta la hostia consagrada diciendo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
