La pregunta por el problema del mal implica desde un inicio una cierta noción de lo que se inquiere.
Al mismo tiempo esta pregunta no puede ser del todo agotada en una respuesta, sino que está destinada a ofrecer una mínima referencia de lo que se quiere decir o la idea que se quiere comunicar. ¿Por qué el mal es parte de la realidad? ¿Por qué en un momento determinado llegamos a detectarlo o experimentarlo como algo negativo o contrario a nosotros, o como algo que nos puede dañar? ¿De qué manera se le ha presentado a la humanidad este fenómeno o experiencia?
El mal ha sido para el hombre una interrogante constante y por ello ha tratado de dar alguna explicación a su continua presencia en la Historia.
El mal ha sido uno de los objetos permanentes de investigación filosófica. De manera tradicional, se ha considerado que el mal consiste esencialmente en la negación de cualquier realidad sustancial al mal: es privación, ausencia de bien y de ser, impotencia e infertilidad.
El bien es ser, actividad y potencia, identificándose en última instancia su plenitud con Dios mismo (cfr., Agustín, 1964: VII, 10 y 16).
Si Dios no obra el mal y si las criaturas son en sí mismas buenas, la causa del mal debemos encontrarla en la libre voluntad de las criaturas racionales. Son ellas la única causa del mal, a través de un abuso de su libertad, es decir, del desvío del bien o perfección al que se orientan por la propia voluntad. En el orden del ser, las criaturas racionales (específicamente los seres humanos) están orientadas a los bienes de orden inteligible.
¿El mal es, pues, inevitable? Entonces, ¿tal vez Dios quiere el mal? De eso nada. Dios quiere, al contrario, la eliminación del mal, a través del omnipotente desarrollo del germen de la perfección. Quiere la eliminación del mal a través del progreso hacia el bien. El mal tampoco es un medio para el bien, sino que surge como una consecuencia colateral, debiendo el hombre luchar con sus propios límites, con sus instintos animales.
El mal como dato de la experiencia es algo común a todas las culturas, a todos los grupos humanos; forma parte indisoluble de la vida humana. La muerte, la enfermedad, el hambre, las catástrofes naturales, el engaño, la injusticia, la violencia, entre otros muchos fenómenos, son vivencias innegables e inevitables de la existencia y a las que solemos calificar como mal. Las caracterizamos como mal porque:
Nos hacen daño, nos provocan dolor físico, sufrimiento emocional o ambos.
Interrumpen, al menos momentáneamente, nuestro desarrollo, crecimiento, realización personal, nuestros planes, nuestro futuro.
Percibimos un desnivel entre lo que “debía ser” o lo “deseable”, y lo que ocurre en realidad.
Éste es un tema que seguiremos reflexionando y profundizando, pues el mal continúa siendo un misterio para el ser humano que, mientras más avanza en el conocimiento de su interioridad, más vulnerable aparece en su fragilidad.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la Vida
