“ESTE HOMBRE TIENE AUTORIDAD…”

San Marcos relata que Jesús estaba en Cafarnaum y “el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar”. Todos tenían derecho a tomar la palabra, una vez escuchada la lección de la Escritura, no solo los escribas sino también los laicos.

Jesús no era un escriba; los escribas interpretaban los mandamientos y exponían las verdades de la Escritura, teniendo mucho cuidado en no arriesgar ninguna opinión que no estuviera avalada por los textos sagrados y por la enseñanza de los más acreditados maestros.

Jesús, en cambio, habló como quien tiene autoridad, consciente de ser aquél por quien y en quien toda la Escritura tiene sentido y alcanza su plena realización: el Hijo a quien el Padre “le ha entregado todas las cosas” (Mt 11, 27).

Por eso su palabra es poderosa para ordenar a los demonios y someterlos, para perdonar los pecados que solo Dios puede perdonar, para curar a los enfermos y resucitar a los muertos. Jesús habló siempre con esa autoridad y dispuso de la Ley: “Han oído que se dijo.., pero yo les digo…”. Todas las palabras de Jesús están autorizadas porque vienen de la Verdad.

¡Una doctrina nueva enseñada con autoridad! San Marcos trata de mostrar en su evangelio cuán difícil y progresiva fue la plena comprensión de la enseñanza de Jesús y cuán fácil es también deformarla. Precisamente en la escena del relato de hoy encontramos este asunto. Por lo tanto, se trata de pasar a través de un largo proceso que purifique nuestra visión de Cristo de todo aspecto clamoroso y superficial para profundizar el misterio último, el que se revela en la cruz y en la Pascua.

Debemos pronunciar el nombre de Jesús reconociendo su autoridad y confesándolo en la obediencia de la fe.

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