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Un caballo galopa con los pulmones, sigue con su corazón y gana con su carisma —Tesio

En la edición pasada de “Renglones” hablé sobre la manera en que el caballo se ha desarrollado a través de los siglos y de que el empleo de este animal por parte del hombre ha afectado el desarrollo de la humanidad, más que cualquier otro animal. Ahora veremos cómo, a través de la Historia, el caballo se ha desenvuelto al ser apto para tareas específicas, cambiando con ello su aspecto y su temperamento.

La característica más valiosa de los caballos es la velocidad. Antes que el ser humano aprendiese a montar, descubrió que el caballo podría servir para jalar carros que, a su vez, resultaban útiles en la guerra y el deporte. Fue cuando el caballo adquirió auténtica importancia y llegó a ser mitológico. El caballo alado de los griegos era llamado Pegaso y Poseidón, el rey de los mares, era representado moviéndose de un lado a otro conducido por corceles de blanca crin que representan las olas, también vemos, en pinturas y esculturas, como el radiante Dios Sol de la India conducía a través de los cielos un carro rodeado de llamas arrastrado por poderosos caballos.

En la Edad Media los caballeros usaban pesadas armaduras para protegerse de las piedras y de las flechas; el combatiente debía saber, a la perfección, dos cosas: manejar la espada y manejar el caballo. Los caballos que usaban estos nobles eran animales muy grandes y pesados pero bien amaestrados.

En aquella época solo en Arabia se concedía valor al caballo pequeño y ligero, y ello se debía a que los árabes no usaban armaduras. Los caballos árabes eran y son nerviosos y temperamentales constituyendo una de las razas caballares más porfiadas, fiables e inteligentes. Éstos eran usados por la caballería misma que desapareció, por razones lógicas, a la invención de la pólvora.

Habían caballos que se usaban en la Edad Media enseñándoles, desde luego, el arte del combate. Por ejemplo, cabía la posibilidad de que en plena batalla se viese rodeado por soldados a pie y entonces era necesario que el caballero obligase a su montura a quedar absolutamente inmóvil, mientras él peleaba con la espada. A esta posición se le llamaba levade.

Courbette era cuando el caballo se encabritaba y avanzaba dos o tres pasos.

Cabrille era cuando el caballo se apoyaba de nuevo sobre sus cuatro patas, saltaba hacia adelante y se ponía a repartir coces al enemigo.

La pirouette era cuando el caballo daba una rápida pirueta sobre su pata trasera y cargaba de nuevo contra sus enemigos.

Era casi un milagro el que el caballero, cargado de pesada armadura, se pudiese mantener a pie.

En la época de los reyes, el caballo era utilizado en los torneos y el caballo de carga era seleccionado por su peso, coraje y vigor.

En 1537, Hernán Cortés desembarcó en la costa oriental de lo que ahora es México y junto con él y sus hombres lo hicieron como 16 caballos. Los nativos los adoraron como a dioses, pues nunca habían visto un caballo antes.

Ese animal al que nos referimos contribuyó en forma contundente a la ayuda de la conquista del país. Después llegaron como mil más. Fue entonces que varios se dispersaron emigrando al Norte donde iniciaron una vida salvaje.

Los caballos de Cortés eran de razas árabe y andaluza, y sus antepasados habían llegado a España desde Arabia en tiempos de la conquista musulmana; eran animales robustos, pequeños y muy activos.

Más tarde aparecieron moteados, como resultado del cambio en las especies. A esos caballos que parecían pintados se les puso el nombre de pintos. El palomino, cuya crin y cola plateadas y el color dorado metálico de su cuerpo, eran originarios de la corte de la reina Isabel de España, pues la soberana tenía una guardia personal montada en estos caballos, los que eran conocidos con el nombre de isabelas.

En la época de los primeros americanos, el caballo era de gran utilidad para conducir al dueño en los viajes, arrastrar el carro de la familia y para tirar el ganado. Sin los caballos, las migraciones hubiesen sido imposibles. Continuará…

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