Recibimos del arzobispo de Yucatán, monseñor Gustavo Rodríguez Vega, el siguiente mensaje episcopal con motivo de la Cuaresma 2024 y del que transcribimos algunos párrafos:

Muy queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma siempre será un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: estamos llamados a volver a Dios “de todo corazón” (Jl 2, 12), a no contentarnos con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús siempre espera pacientemente que volvamos a él.

Por eso la Cuaresma es un “tiempo de gracia” (2 Co 6, 2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: “Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero” (1 Jn 4,19). Dios está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede.

La Cuaresma, pues, es un tiempo propicio para intensificar la vida espiritual a través de los medios que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. Pero, en la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. Por eso, comparto la expresión de Jesús en el evangelio: “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.

Escuchar: hagamos silencio para escuchar

Hermanos, la forma sinodal de la Iglesia, que, en estos últimos años, bajo la guía del papa Francisco, estamos redescubriendo y cultivando, sugiere que la Cuaresma sea un tiempo de decisiones comunitarias, de pequeñas y grandes decisiones, capaces de cambiar lo cotidiano de las personas y de la vida.

Pero esto exige que todos tengamos la actitud permanente de escuchar.

Si todos hablamos al mismo tiempo, ¿quién nos escucha? Por eso Jesús llamó “bienaventurados” a los que “escuchan la Palabra de Dios” porque cómo saber cuál es la voluntad de Dios si no hacemos silencio para escuchar lo que Dios quiere de nosotros. Si no escuchamos lo que Dios nos quiere decir, ¿cómo vamos a escuchar la voz de nuestros hermanos?

Cuando Jesús se transfiguró en la presencia de Pedro, Santiago y Juan, la voz que se oyó desde la nube dijo: “Escúchenlo” (Mt 17, 5).

Por tanto, la indicación es muy clara: hay que escuchar a Jesús. La Cuaresma es un verdadero tiempo de gracia en la medida en que escuchamos a Aquél que nos habla. ¿Y cómo nos habla? Ante todo, en la Palabra de Dios, que la Iglesia proclama en la liturgia. No dejemos que esta indicación caiga en saco roto.

Hermanos: el hecho de caminar juntos como discípulos misioneros de Jesús nos pide contemplar, escuchar y reconocer la presencia y la voluntad de Dios en la realidad que estamos viviendo cada día. En la tradición bíblica la actitud de escuchar “es camino de encuentro con Dios”. San Pablo nos enseña que “la fe viene de escuchar” (Rom 10, 17). Dios nos da la fe para acoger su Palabra y “para entrar en un diálogo que posibilite descubrir su acción en la historia, interpretar el momento presente, y dar respuestas de amor que generan vida en cada circunstancia que vivimos”.

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