“Y SE TRANSFIGURÓ ANTE ELLOS”
San Marcos nos ofrece la más breve descripción de la transfiguración de Jesús, pero también la más viva. El contenido de su relato coincide con los relatos de san Mateo y de san Lucas. Solo la comparación que hace de la blancura de los vestidos de Jesús “que nadie puede lograr sobre la tierra” es aportación exclusiva de san Marcos.
El acontecimiento de la Transfiguración se presenta, lo mismo que la teofanía del Bautismo, bajo la forma de una visión y una audición. En nuestro caso, el objeto de la visión es la misma realidad terrena de Jesús, pero transfigurado.
San Juan dice que la gloria de Dios se manifestaba ya en la vida temporal de Jesús en momentos culminantes y que esto era el anticipo de lo venidero.
San Pablo afirma que los cristianos adquieren una figura ya en su vida mortal que no es la de este mundo (Rom 12, 2) y que ya en la tierra se asemeja a la figura del Señor Resucitado (2 Cor 3, 18); por lo tanto, la Transfiguración no debe pensarse como un hecho aislado, sino como un momento especial en el que apareció con mayor intensidad la gloria de Dios en la realidad terrena de Jesús.
Hoy escuchamos el relato de la entronización solemne de Cristo, cuya persona es envuelta en la luz de la gloria divina. Importante en el lenguaje simbólico usado por la Biblia es el vestido “resplandeciente y blanquísimo” que “nadie puede lograr sobre la tierra”.
Y San Pedro nos representa (en el relato) cuando queremos que no haya para nosotros el camino de la cruz, cuando deseamos un atajo fácil que nos lleve inmediatamente de los momentos de luz y de paz a la realidad celestial de la pascua definitiva.
Sin embargo, debemos recorrer el valle oscuro de las pruebas y, como Cristo, debemos estar dispuestos a subir hacia el pico más alto de la prueba —el Calvario— donde también se abrirá la luz de la promesa y de la Pascua.
