“Tragedia florentina”, de Wilde
“Tragedia florentina”, de Wilde Credit: Cortesía

¿Tiene cabida el teatro inglés del siglo XIX en la Mérida de ahora mismo? No habría respuesta valedera sin intentos de probar la vigencia de factores humanos que sobrevuelan sobre el tiempo. No se sabría la respuesta si no hubiese espíritus que capitaneen la experiencia.

En 1891, cansado de escribir “comedias alegres para gente seria” —como “La importancia de llamarse Ernesto” y otros enormes éxitos— el esteta Oscar Fingal Wilde decidió redactar una tragedia en tres actos que sacudiera conciencias, aunque finalmente resultó una obra de un solo cuadro que —por sus infortunios jurídicos— el autor jamás vio en el escenario.

Ahora bien, la obra sintetiza tan claramente la coyuntura social de fines del siglo XVI —el chocar brutal de burguesía y aristocracia— que músicos como Zirlinsky y Prokofiev la volvieron ópera y no faltaron novelistas que “fusilaran” la pieza de un irlandés que muriera en la miseria y socialmente degradado por sodomita y chivo expiatorio de la sociedad en 1900.

Entre nosotros, un director y actor —Juan Ramón Góngora—, inclinado a resucitar obras escénicas de la Edad Media o el Renacimiento —autos, Gil Vicente, pasiones toledanas— tomó la aventurada determinación de llevar a la actualidad la “Tragedia florentina” del poeta que escribiera delicias como “El príncipe feliz o “El abanico de Lady Windermere”.

El lugar seleccionado fue el conocido Café Riqueza, en la 49 con 60, y tuvo lugar a las 8 de la noche del sábado 24. Tres actores —Miguel Cerón, Abril Gamboa y Lalo Sansores— dieron corporeidad a personajes definidos que vivían en una Florencia donde los burgueses comunes ya estaban hartos de aquellos comerciantes que se “ennoblecieron” desde el siglo XV como los Medicis y los Orsini detentando solitariamente el poder.

Conforme la obrita avanza nos enteramos de los rasgos de carácter de cada personaje: el príncipe Guido Bardi —“Una abeja errabunda y galante que se burla de las flores”— es soberbio, altanero, dilapidador y caprichoso. Simón Darío, comerciante en telas y entrado en años, compró a su hermosa y joven esposa Blanca. Varón que conoce de terciopelos, brocados y damascos de Lucca, pero es miope ante la bella mujer que tiene en casa aburrida de hilar en la rueca.

Es Blanca el centro de la trama por ser el objeto del deseo y es honorable, pero dudosa; harta de ser ignorada por un marido que vive para viajar y obtener ganancia con sus telares, pero asimismo es voluble y muy sabedora de su atractivo.

Respetando buena parte del texto, pleno de dobles sentidos, ironías y aforismos, como era el gusto del público de sus grandes comedias sociales, estableciendo los ajustes precisos y aprovechando al máximo la pequeñez del recinto, el maestro Góngora logra con luces de velas, movimientos, ímpetus gestuales y otros artilugios que el público —25 personas— olvidaran todo en pos de la historia misma.

Que un comerciante hallara en la noche a un joven noble en su casa, con un laúd y ninguna intención de compra, despierta los celos contenidos de Simón y entabla con el príncipe un duelo verbal que crece y decrece en insinuaciones y dudas, reverencias y lapsos de soberbia en los que el genial Oscar era un maestro consumado. No faltó ningún párrafo significante, hasta la momentánea traición de Blanca, hasta que, a la medianoche, cuando Guido intenta partir, tiene lugar el desenlace que sorprende y ejemplifica lo volubles que suelen ser los seres humanos.

Felicitamos a Cerón, el que más nos agradara en dar cohesión a los perfiles de su personaje. Abril se mantuvo indecisa y distante, bella y orgullosa de valer cien mil florines. También intenso el joven Sansores, como el último de los Bardi.

Pero el mérito fundamental es el del maestro Góngora, que una vez más patentiza sus habilidades en custodiar —en tiempos de crisis— los buenos textos. Felicitaciones.— Jorge H. Álvarez Rendón

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