La improvisada cronista y don Augusto —tan cómplice como cónyuge— llegaron con expectación al Palacio de la Música la noche del 12 de abril. La gala rusa de la Orquesta Sinfónica de Yucatán auguraba un encuentro, a través de la voz sonora del conjunto orquestal, con aquellos legendarios mitos y narraciones que tienen por igual finales tristes y felices pero en los cuales son los oídos y sobre todo el espíritu el que se renueva tras la escucha: la Suite del Pájaro de Fuego de Igor Stravinsky y “Scheherezade”, de Nikolai Rimsky-Korsakov… nada menos.
Media hora antes del concierto el maestro José Areán, director artístico, invita al público en una breve charla a conocer un poco más lo que se escuchará de la agrupación. Allí aprenden mucho ambos: don Augusto, por aquello de que con sus manos extrae sonoridades a las liras contemporáneas, acústicas o eléctricas, presta mucha atención cuando el maestro explica las exigencias de las piezas para las trompetas, los párrafos poderosos de la orquesta en pleno frente a la suave voz del violín concertino, las maderas, los metales, las cuerdas…
A su vez, la improvisada cronista —eventual pergeñadora de palabras— se interesa sobre todo cuando el maestro Areán comenta los detalles de la forma en la cual se narran con música la historia de Simbad en la voz de Scheherezade o el triunfo contundente del príncipe Iván, gracias al poder del ave mágica.
—Estas charlas previas hay que escucharlas siempre que se pueda —afirman entre sí—, hoy nos enteramos de cómo Sergei Diaghilev le encargó la pieza al jovencísimo Stravinsky, quien la escribió a los 27 años, y cómo construyó en torno al estreno una serie de polémicas y estrategias de mercadotecnia, acorde con su tiempo, que devinieron en el éxito rotundo del estreno, aquella noche en la Ópera de París el 25 de junio de 1910.
Ya una vez en el concierto, don Augusto y la improvisada cronista se disponen a escuchar (y por supuesto también a ver). Al ser la selección de la Suite del Pájaro de Fuego, el contenido escuchado es sin duda lo mejor de la obra completa, escrita para ballet. Desde el primer movimiento, el diálogo entre alientos y cuerdas, con aparición de sutiles pizzicatos construyeron la atmósfera ideal, plena de evocaciones bucólicas, para recrear en la imaginación aquel jardín donde minutos después, ya en el segundo movimiento, irrumpiría, poderoso y pleno de vigor ese pájaro de fuego que daría una pluma protectora al príncipe Iván y en el cual la orquesta en pleno se hace rotunda y enérgica, como para amedrentar nuestros oídos, plenos de emoción.
La danza implícita (no olvidemos que es una pieza para ballet) se dibuja y desdibuja en la imaginación de la cronista y don Augusto, quienes pueden “ver” en la atmósfera, en lo intangible, al pájaro de fuego, a las princesas danzarinas del tercer movimiento, a la danza infernal del finalmente derrotado Kastchei y tras la Canción de Cuna (Berceuse) al final feliz de la historia, finalmente es un cuento de hadas.
Tras el intermedio, la segunda parte traslada a los oyentes al exotismo del mundo oriental. La anónima pero fundamental obra de “Las mil y una noches” inspira a Rimsky-Korsakov a situar el protagonismo de su creación en la joven narradora Scheherezade, título de la obra y nombre de la mujer quien noche a noche sostiene el interés por sus relatos en el califa o sultán Shahriar.
Antes de ella, el poderoso monarca había mandado matar a todas las doncellas que había desposado cada noche, asegurándose de ese modo terrible la fidelidad de todas, tras haber sido traicionado por la primera de sus cónyuges.
Pero Scheherezade tenía otros planes. Como gran lectora y narradora tenía mucho qué contar (y eso que aún Stefan Bollman no había escrito su libro “Las mujeres que leen son peligrosas”) y un encanto particular para ello. Esa recreación atmosférica de los relatos de “Las mil y una noches”, esa voz de la joven narradora —la cuenta cuentos como decimos ahora— cobra una sonoridad marina, envolvente y misteriosa, que evoca musicalmente las aventuras de Simbad el marino, con gran exigencia para los instrumentos de viento, maderas y metales (“escuchen a los grandes solistas que tiene la OSY”, había dicho Areán).
Grandes maestros todos, desde las percusiones hasta las cuerdas, los alientos…
Leit motiv
Y por supuesto, la obra tiene un leit motiv extraordinario: desde el principio se escucha el tema del califa, grave y poderoso, omnipresente y con participación de toda la orquesta, seguido de una melodía a cargo del violín concertino con acentos del arpa, de evocación oriental y al mismo tiempo tan suave como seductora: la voz narrativa de Scheherezade. Como leit motiv (así como la promenade en “Cuadros de una exposición” de Mussorsky, otra de las favoritas del público de la OSY), este diálogo entre sultán y narradora recuerda al público en cada movimiento que estamos escuchando lo que ella le relata a él, manteniéndolo en vilo.
Al igual que el público en pleno, don Augusto y la improvisada cronista se suman al prolongado aplauso para la OSY en el Palacio de la Música, donde hoy domingo se repetirá el concierto a las 12 horas. Fue la noche del relato y el encantamiento, del poder de la palabra hecha música y de la imaginación: la noche mitológica de la narradora y el ave.— María Teresa Mézquita Méndez
