El historiador Víctor Arjona Barbosa repasa los sucesos del asesinato del gobernador Lucas de Gálvez
El historiador Víctor Arjona Barbosa repasa los sucesos del asesinato del gobernador Lucas de Gálvez

El asesinato Lucas de Gálvez, gobernador y capitán general de Yucatán a finales del siglo XVIII, cimbró en su momento a la sociedad de la Mérida colonial no solo por el hecho de quién era la víctima, sino también por la forma en que se dieron los acontecimientos y las causas que los motivaron.

Sin embargo, como si todos estos factores no nos condujeran por uno de los pasajes más enigmáticos y oscuro de la historia de nuestro Estado, el vuelco que este hecho dio ocho años después dejó en claro que muchas veces el largo brazo de la ley se queda un tanto corto.

Para el historiador yucateco Víctor Arjona Barbosa, el hecho de que Lucas de Gálvez fuera considerado uno de los gobernadores más progresistas, ingeniosos y emprendedores de los años de la Colonia no lo exentaba de su condición humana, para nadie era un secreto que Gálvez era un enamoradizo empedernido, en síntesis, todo un donjuán y un verdadero “ojo alegre”.

Sin embargo más allá de esta fama que se le dio, su asesinato nunca se manejó como consecuencia de un lío de faldas, aunque existen elementos que a ello apuntan.

El “crimen perfecto” terminó por enviar a prisión a un presunto autor material, con lo que el caso quedaba cerrado para la justicia de los humanos mas no para la divina, pues bastaron ocho largos años para que la verdad saliera a la luz y se comprendiera la enorme infamia que se había hecho a una persona inocente.

¿Quién era Lucas de Gálvez?

Lucas de Gálvez fue gobernador y capitán general de Yucatán del 24 de mayo de 1789 al 22 de junio de 1792. Era Caballero de la Orden de Calatrava, capitán de navío y brigadier. Pasó a la Historia como uno de los más activos y constructivos gobernadores que envió España.

Persuasivo, amable, lleno de imaginación, de genio vivo, de actividad creadora e ideas de progreso, también se le reconocía como mujeriego y un tanto terco. La noche del 22 de junio de 1792, el gobernador salió de las casas reales y en la calesa que le esperaba se dirigió a su domicilio, en la confluencia de las ahora calles 61 y 56; lo hizo acompañado por el tesorero real Clemente Rodríguez Trujillo.

El asesinato de Lucas de Gálvez

Un jinete se acercó velozmente y lo hirió en su costado derecho con una pértiga a la que se colocó en un extremo un afilado cuchillo a modo de lanza. En un primer momento Lucas de Gálvez creyó que fue una pedrada.

Inmediatamente al llegar a su casa pidió que le acercaran un farol y al retirar la mano de la herida se dio cuenta de que había abundante hemorragia, que no pudo ser contenida y al cabo de unas horas falleció, todo esto entre las 22:45 del viernes 22 de junio y las 1:15 horas del sábado 23.

Las campanas de Catedral sonaron a duelo y por la mañana 21 salvas desde la Ciudadela de San Benito anunciaron oficialmente la muerte del gobernador.

Se detuvo a varias personas como sospechosas, la principal fue el joven oficial Toribio del Mazo, sobrino del obispo de Yucatán fray Luis de Piña y Mazo. Era un militar subordinado al mando del gobernador, pero rival de amores del mismo.

Se cuenta que ambos personajes competían por el amor de una dama meridana, de modo que el gobernador comisionaba a su oficial tareas lejos de Mérida para así tener el campo libre para sus conquistas. Sin embargo, el aplomo, la testarudez y la juventud de Toribio le hacían cabalgar largas horas en la oscuridad hacia Mérida para poder ver a su amada, hecho que no era desconocido por la comunidad ni por el propio gobernador.

El acusado

Durante las indagatorias se hicieron señalamientos muy serios contra Toribio del Mazo, pues no solo había una causa probable para acusarlo del crimen, sino que también era un diestro jinete. Pero la noche de los hechos Del Mazo estaba en Chikindzonot departiendo con vecinos y jugando cartas con el sacerdote Manuel Correa, mismos que sirvieron de testigos para refutar las acusaciones.

La distancia entre Mérida y Chikindzonot era demasiada para cubrirse en una misma noche, casi 170 kilómetros de camino. Sin embargo, las autoridades no avalaron el testimonio de los testigos, algunos fueron amenazados y se retractaron y el padre Manuel Correa, quien nunca se desdijo, fue a prisión en la ciudadela de San Benito por presuntamente encubrir a un asesino.

Toribio del Mazo no pudo probar su inocencia y, aunque el crimen que le imputaban lo convertía en reo de muerte, al final por ser sobrino del obispo De Piña y Mazo fue condenado a cadena perpetua en la fortaleza de San Juan de Ulúa, Veracruz. Caso cerrado.

Tuvieron que pasar ocho años para que un incidente fortuito hiciera que el crimen volviera a ser revisado, pues resultó que cuando la herida del crimen ya estaba cicatrizada en la sociedad yucateca un hombre llamado Manuel Alfonso López, en absoluto estado de embriaguez, envalentonado por los humos del alcohol, gritó por las calles que él era quien había dado muerte a De Gálvez.

Al principio nadie daba crédito a las afirmaciones porque venían de un ebrio, pero las autoridades no tardaron en llamar a cuentas a aquel hombre que en la noche del homicidio fungía como portero de la casa real.

Verdaderos asesinos de Lucas de Gálvez

Interrogado al respecto, salió a relucir que Manuel Alfonso López guardaba resentimiento contra Lucas de Gálvez porque éste le quitó la propiedad de varios naturales, algo que los enemistó desde entonces e hizo esperar a López la oportunidad de cobrarse la afrenta.

Resulta que por aquellos días la acaudalada familia meridana de los Quijano traía una rencilla con el gobernador Lucas de Gálvez, quien pretendía a la viuda Josefa Quijano, la cual a su vez era pretendida por el señor Esteban Castro. Secretamente trascendió que la familia había puesto precio a la cabeza del funcionario casanova y fijó una recompensa de 500 pesos.

Fue así como Esteban Castro, con tal de quitarse de en medio al gobernador en su relación con la viuda Quijano, se puso en contacto con Manuel Alfonso López para maquinar un plan y deshacerse del enemigo mutuo y cobrar la recompensa.

Conocedor de la rutina diaria de Lucas de Gálvez, Manuel Alfonso López ubicó con exactitud el punto más oscuro de la ruta para cometer el crimen; con una pértiga creó una especie de lanza en cuyo extremo llevaba atado un filoso cuchillo.

A su cabalgadura, un caballo blanco, la pintó de negro para hacerla más difícil de rastrear; los pocos testigos dirían que se trataba de un caballo negro cuyo jinete conducía, a todo galope, por diversas calles de la ciudad para confundir a las autoridades.

La confesión del autor material del crimen fue abrumadora y demoledora para las autoridades, tenían al asesino y al autor intelectual de Lucas de Gálvez, todo encajaba… ocho años después.

Con celeridad las autoridades del virreinato que administraban el castillo de San Juan de Ulúa decretaron la libertad de un ya muy debilitado, enfermo y desprestigiado Toribio del Mazo, tras haber pasado ocho años en la oscuridad de las mazmorras. Su vida ya no sería la misma.

Paradójicamente, los verdaderos asesinos de Lucas de Gálvez no fueron condenados a muerte como el caso ameritaba, sino que terminaron recluidos en la ciudadela de San Benito que, con todo, no representaba el terror de San Juan de Ulúa.

En este sentido, para el historiador Arjona Barbosa la lección que deja el acontecimiento histórico es que en muchas ocasiones las autoridades encargadas de impartir justicia suelen moverse más por intereses de poder que por el afán de conceder verdadera justicia.

En el caso de Toribio del Mazo era más que evidente que no tuvo nada que ver con el crimen de Lucas de Gálvez y aun así lo condenaron a morir como chivo expiatorio; si no llegó al cadalso fue solo porque su tío, el Obispo de Yucatán, intercedió por él porque sabía cierta la versión del joven oficial.

“Fue muy fácil arruinarle la vida a una persona por una sospecha infundada, matar a un inocente hubiera sido la cúspide del oprobio para las autoridades, pero circunstancialmente hubo alguien que pudo impedirlo, y sin embargo el haberle robado ocho años de su libertad para dejarlo en lastimeras condiciones y marcado de por vida de ninguna manera era un asunto menor… Le podría suceder a cualquiera” concluyó.

Emanuel Rincón Becerra, reportero de la Agencia Informativa Megamedia (AIM). Es licenciado en Ciencias de la Comunicación con 32 años de trayectoria en periodismo; ingresó a Grupo Megamedia en 1994. Se especializa en turismo, arqueología, vida empresarial, historia, arte, cultura y fotografía.