Mi nombre es Julián, tengo 31 años de edad, nací en Mérida y actualmente vivo la experiencia de la Etapa Catecumenal, que es el primer año de formación en el Seminario Mayor de Yucatán.
Agradezco al Padre por tantas personas que en diferentes circunstancias y momentos a lo largo de mi vida han sido instrumentos para acercarme más a Él, de manera que mi fe y vocación están estrechamente unidas a los “sí” con que cada una ha respondido a los llamados de Dios.
Matrimonios
El ejemplo más cercano se trata de mis papás y abuelos, matrimonios comprometidos en formar hogares cristianos. Ellos me inculcaron desde muy pequeño la importancia y belleza de la santa misa, la oración y los sacramentos, especialmente la Eucaristía.
Como integrante de un movimiento católico juvenil, tuve diversas oportunidades de colaborar con albergues o casas, donde religiosas de varias congregaciones se desgastan a diario para atender y procurar una buena vida a la población infantil, adulta mayor o en abandono; la labor de estas mujeres incansables es testimonio de que siempre se puede dar más por el prójimo, hasta ahora, motiva y fortalece mi respuesta al Maestro.
En mi generación, toman clases una hermana Clarisa Capuchina y un monje adorador perpetuo, quienes nos han regalado el don de su amistad. Ambos comparten momentos claves de este camino con nosotros y oran constantemente para que perseveremos.
Laicos
De igual manera, son muchos los matrimonios y grupos de laicos que, con sus esfuerzos para promover las vocaciones y apoyar a los seminaristas, nos alientan a seguir buscando hacer la voluntad de Dios y han aportado demasiado en nuestro proceso.
Por supuesto, están también los padres actuales o anteriores de nuestras respectivas parroquias, aquéllos que nos reciben en sus comunidades para que crezcamos en el apostolado e integrantes del equipo formador —prefectos, directores espirituales, docentes y el rector—, con quienes aprendemos a enamorarnos del sacerdocio a imagen del Buen Pastor.
Impacto en otros
Definitivamente, la respuesta afirmativa al llamado del Señor impacta en otros, despierta inquietudes, reanima y mueve los corazones deseosos de trascender, inspira a donarse radicalmente a los demás y refleja que Cristo está vivo en nuestra Iglesia.
“Agradezco al Padre por tantas personas que en diferentes circunstancias y momentos a lo largo de mi vida han sido instrumentos para acercarme más a Él”
