Mi nombre es Magaly G. Cantón Iuit, tengo 33 años, soy parte del equipo parroquial de animación pastoral (EPAP) de mi parroquia, María Inmaculada; ministra extraordinaria de la Sagrada Comunión y realizo apostolado en la Pastoral Penitenciaria.

Me encantaría agradecerles a todas las personas que viven su vocación con entrega mediante este escrito sobre mi experiencia de Iglesia.

El descubrir la presencia de Dios en mi vida y sentirme amada por Él ha sido en gran parte fruto de muchas vocaciones de las que me he rodeado desde que tengo uso de razón. Esas vocaciones me han ayudado a vivir de una manera alegre, agradecida y con deseo de compartir lo recibido con los demás.

Recuerdo que las últimas palabras que me dijo mi abuelito antes de fallecer fueron: “No olvides que aquí todos te queremos mucho”. Él y mi abuela siempre fueron una muestra de amor muy grande para nosotros.

Después de esas palabras no pude olvidar que soy amada y estoy llamada a compartir el amor. Las palabras de mi abuelo han sido reforzadas por mis padres, por sacerdotes, religiosas y laicos que me han hablado del amor de Dios, pero que sobre todo viven en el amor de Dios.

El corazón enamorado de Dios ha llevado a diferentes personas a expresar su amor, algunos mediante canciones, imágenes, reflexiones y escritos que alimentan mi fe, que acompañan mi oración, que generan en mí el deseo de la santidad y agradecimiento por tener cerca a personas que aman a Dios y viven esa santidad aquí en la Tierra.

Convivir con personas que aman su vocación es como disfrutar de un pedacito de cielo aquí en la Tierra, pues son reflejo del amor de Dios y transmiten la plenitud que genera estar unido a Dios; me han transmitido la mirada amorosa del Padre que me regala su paz y amor.

Ver trabajar en conjunto a diferentes vocaciones me conmueve e inspira, me hace saber que en este mundo hay lugar para todos, que todos tenemos algo que aportar y algo que recibir del otro; me hace sentir que pertenecemos a Dios y que en Él la vida es más hermosa cuando cada uno se acerca a servir con esa ofrenda única: su vida.

La respuesta al llamado más allá de las comodidades del mundo me parece admirable en muchos sacerdotes y religiosas y me ha motivado a responder con disposición a las situaciones que se presentan en mi día a día sabiendo que Dios siempre obra para mi bien y confiándole mi vida.

Pareja admirable

Me llena de esperanza llevar la Comunión a un matrimonio que con el paso de los años sigue amándose profundamente, riéndose y acompañándose en las dificultades. Es admirable cómo disfrutan y esperan la Eucaristía, incluso la familia comparte el ratito de oración. Me hacen sentir que no nos hace falta nada. Me impulsan a entregarme, a valorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, a creer en el matrimonio.

Una de las personas a las que más admiro es un sacerdote, por su sencillez, alegría y autenticidad en su relación con Dios. Me ha enseñado que debo poner el corazón en todo lo que hago, hasta lo pequeño hacerlo con un profundo amor a Dios y entrega, confiar en que eso puede hacer mucho bien al mundo. Disfruto demasiado sus palabras y forma de ser porque me hacen sentir a Dios cerca. En ocasiones, en misa, me siento abrazada por Dios, sus palabras me dan paz, me inspiran para la vida; yo creo que eso es obra de Dios y nace de la comunión con Él.

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