A Jordi Soler le gustaría que un musicólogo le dijera que “En el reino del toro sagrado” (Alfaguara, 2024) suena a Beethoven. No por nada durante tres años escuchó, mientras escribía la novela, las 32 sonatas para piano del compositor alemán.
Pero, añade con una sonrisa, “no estoy seguro que esto vaya a pasar”.
Si no a Beethoven, el más reciente libro de Soler sí que suena a México, a ése del golfo que el escritor conoce tan bien por haber nacido ahí. Las páginas recitan con musicalidad palabras como Huatusco, Tehuipango y Tlachichilco; como palurdos, paletos, méndigos y tarambanas; como jurel, trucha moteada, bagre y calamar…
Un paisaje sonoro para una trama terrible, la lucha de poder entre una mujer seductora y un hombre temible, un juego de vencidas en ruta a un final infeliz.
El toro sagrado del título es un ejemplar blanco, imponente, que una noche Artemisa Athanasiadis, la más bella del pueblo de Los Abismos, Veracruz, ve salir de una laguna y del que se apropia. La llegada del animal desencadena la última medición de fuerzas entre la mujer, nacida en México de una pareja de griegos, y Teodorico, el rico autoritario y opresor ante el que se cuadran todos, incluso militares y secretarios de Estado, aunque no Artemisa.
Hasta el capítulo final, la novela repasa la relación a través del tiempo entre “la niña” y Teodorico, quien por un par de años la corteja —a pesar de que ella era apenas una adolescente y él, ya un hombre maduro— y, por efecto de su enamoramiento, le permite humillaciones que a nadie más toleraría.
A Soler, la historia se la sugirió el mito griego de Pasifae, madre del Minotauro. “Siempre he sido muy lector de mitos”, declara al Diario; “ahí hay un acervo que nos sirve mucho a los habitantes del siglo XXI, porque los mitos fueron ideados por gente casi idéntica a nosotros. Hemos cambiado muy poco como especie en los últimos dos mil años. Y los que narraban los mitos y después los plasmaban en algún soporte tenían los mismos temores y las mismas ilusiones, esperanzas que nosotros”.
“Eran el mismo tipo de criatura desvalida que somos nosotros. Los mitos eran explicaciones a veces muy épicas y siempre tremendamente crueles”.
“Cuando pensé en el contexto para trasladar el mito a México pensé inmediatamente en la selva de Veracruz. Me pareció que el sustrato de violencia que hay en México, uno que hay ya naturalmente, se parece bastante al de los mitos griegos y me pareció que el de Pasifae y el rey Minos tenía una especial resonancia y relevancia al trasladarlos a nuestro país”.
“Los dos polos que electrifican la novela son Artemisa, que es el poder de la seducción, y Teodorico, que es el poder sordo, total, diabólico”, el de un hombre capaz de arrasar pueblos enteros y envenenar ríos. “En medio de estos dos poderes”, añade Soler, “está el del toro blanco, el poder simple y absoluto, porque no necesita manifestarse”, el animal “no hace nada para demostrar lo poderoso que es, y, sin embargo, es el poder que mueve a la novela”.
El narrador
Los hechos se cuentan en tercera persona, aunque de cuando en cuando el narrador se refiere a su experiencia como testigo de primera mano del relato, por ser él también habitante de la región. “Quería un narrador que tuteara a los personajes, que sufriera con ellos, que se ensuciara con ellos, que se pusiera triste y eufórico con ellos y la única forma de lograr esto era metiéndolo en la novela; primero no se sabe dónde está el narrador y de pronto aparece, y va ganando protagonismo, pero nunca demasiado”, explica Soler.
“Me parecía importante que fuera él mismo una víctima (de amor) de Artemisa, porque así está hablando desde un lugar muy especial. Estoy convencido de que no hay más que una forma de escribir una novela. Los narradores nos damos cuenta cuando todo empieza a cuadrar, es decir, hay una batalla muy larga contra la materia narrativa hasta que llega un momento en que no hay que inventar nada porque todo está ya escrito”.
“Fue mucho más fácil para mí encontrar los hilos de los cuales tirar en ciertos momentos de la novela con el narrador adentro”.
El narrador, Teodorico, Jesuso (esposo por breve tiempo de Artemisa) y demás hombres del poblado se enamoran de Artemisa como se suele pensar que únicamente es propio de las mujeres… “¿Hay más cosas en el corazón de los hombres de lo que quieren admitir?”, se le pregunta a Jordi Soler.
“Por supuesto. No solamente de lo que no queremos admitir, sino de lo que no sabemos”, reconoce. “Hay una zona oscura en el corazón de cada persona, de cada hombre, que ni siquiera nosotros sabemos. Esta novela está llena de ese tipo de situaciones”.
“Estoy seguro que Teodorico ni en sus peores pesadillas se imaginó el amor esclavizante que iba a sufrir ante Artemisa”, reflexiona.
“Todas las mujeres, al menos con las que él llegaba a relacionarse, estaban dispuestas a llegar con él adonde fuera porque era un tío feo, pero rico y poderoso. Cuando se convierte en un reptil que va detrás de la bella no lo había calculado, es parte de las cosas que salen del corazón de un hombre cuando se enfrenta a diversos estímulos. Yo todo el tiempo, en mi vida personal, con mucha frecuencia me voy sorprendiendo de cosas que me pasan, no calculaba que podía sentir. Tenemos una zona oscura tan pronunciada como la de la Luna”.
Soler admite que “hasta que no leo una página y suene como yo quiero que suene, de manera armónica, no la doy por buena”.
“La máxima dificultad que enfrento siempre en mis novelas es ésta, que suene bien, con un halo musical; me preocupa mucho el ritmo, esto quiere decir que me preocupa mucho la forma. Estoy muy convencido de que las ideas nacen de la forma. Mientras más lograda está la forma en una página, más profundas serán las ideas con las que estoy expresando la historia”.
“Nunca he sabido si esto influye o no, siempre oigo música cuando escribo mis novelas, un solo tramo de música. Cuando empiezo a escribir voy oyendo varias cosas y de pronto descubro que tal obra es la que tiene que ver con la novela que estoy escribiendo, con el humor, con el color, con el léxico, con la propia música de la novela. En este caso oí durante tres años una y otra vez las 32 sonatas para piano de Beethoven”, revela.
Los mitos, opina el autor, siguen siendo de utilidad en el mundo actual. “A mí me funcionan, y me queda claro que a muchas personas también, para resolver ciertos nudos de la vida cotidiana. Con mucha frecuencia recurro a los dos tomos de los mitos griegos de Robert Graves, un clásico, de dos maneras: cuando veo una situación que quiero resolver y me sé el mito, voy, lo leo y ahí está la solución invariablemente, o a veces los consulto de manera oracular: abro el libro en cualquier parte y leo el mito, que siempre arroja cierta luz para lo que voy a hacer más adelante en el día”.
“Yo recomendaría que se recurra a los mitos, es un regalo que nos dieron los antiguos griegos y que haríamos mal en no aprovechar”.— Valentina Boeta Madera


