La Orquesta Sinfónica de Yucatán, bajo la batuta del maestro José Areán, en la interpretación de la Quinta Sinfonía de Mahler, anteanoche
La Orquesta Sinfónica de Yucatán, bajo la batuta del maestro José Areán, en la interpretación de la Quinta Sinfonía de Mahler, anteanoche

La improvisada cronista y don Augusto se sentían más que seguros, listísimos para el concierto del viernes 10 de mayo, a cargo de la Orquesta Sinfónica de Yucatán. Y no era para menos: habían asistido el miércoles 8 a la conferencia de Francisco Bricio, presidente de la Sociedad Mahler México, habían llegado al Palacio de la Música media hora antes para escuchar igualmente la charla previa a cargo del maestro José Areán, y por si fuera poco, antes de empezar el concierto disfrutaron del estreno mundial del documental narrado por Marina Mahler, nieta de Gustav Mahler y única sobreviviente de su familia Mahler.

Pero nada les había preparado para la sorpresa musical, para el poder narrativo y evocador de la obra, para su potencia sonora, para transitar por los límites de la emoción, la innovación y el riesgo, ni para reconocer la evidente exigencia técnica y performativa para los maestros y maestras ejecutantes, incluido el director.

En el programa de mano ambos leyeron la duración de la pieza completa: 75 minutos. “¡Qué pieza tan prolongada, con razón no va a haber intermedio!”, comentaron entre sí. Y observaron que el escenario mostraba más sillas de las usuales porque la pieza, claro, requería de la presencia de músicos invitados (y eso que luego se enteraron de que el número ideal de ejecutantes para el compositor era en realidad aún mayor).

Sí, 75 minutos de tensar una cuerda al máximo y antes de romperse dejarla regresar. Para la improvisada cronista el reto de poner en blanco y negro el relato de la noche de concierto de un autor tan inusual, tan poco escuchado en su tiempo pero tan revindicado después, no se suavizó con la abundante información que había recopilado entre notas, grabaciones y navegaciones virtuales sobre el maestro Mahler, sino por el contrario, se convirtió en un reto delirante: Gustav Mahler (Kaliste, 1861, en la actual República Checa), segundo de una familia judía de catorce hermanos, con un padre maltratador y una madre afectuosa, rodeado de la pobreza y la muerte en su infancia y luego exitoso director de orquesta —incluyendo de la non plus ultra de su tiempo: la Orquesta de la Ópera de Viena—, rico y famoso por su capacidad de conducción de las agrupaciones musicales aunque nada comprendido como compositor, autor de 10 sinfonías que por su naturaleza de excepción valen por 100; perdidamente enamorado de Alma Mahler, personaje también fuera de serie en el panorama artístico de entresiglos y luego inmensamente desencantado por su abandono y separación…

En fin, un cúmulo de información que invita, tienta y despierta el interés por lo que sin duda se le puede llamar el “universo Mahler”, gracias al rasgo que corresponde a unos cuantos ungidos, sea cual fuere la disciplina artística, cuya vida y obra, profundamente imbricadas, atraen a público, seguidores y estudiosos por igual, en el empeño nunca posible de separarlas. Y es que Mahler decía: “La sinfonía es como el mundo y tiene que abarcarlo todo”.

Para don Augusto la misión era un poco más fácil: solo dejar que los sonidos le contaran la historia. Ya había aprendido que la Quinta de Mahler es una sinfonía dividida en cinco movimientos y digamos que tres partes: dos iniciales de muerte, dolor y resignación; un movimiento intermedio dedicado a la danza de la vida y un tercero y cuarto, ambos de amor y de esperanza. Por eso una vez comenzado el concierto, en el primer movimiento, la Trauermarsch o marcha fúnebre trasladó a don Augusto al escenario pesaroso anunciado desde los primeros segundos por la fanfarria fatal, o el “motivo musical de la fatalidad”, el destino que llama a la puerta. Los alientos de metales y maderas inauguran la imagen musical del cortejo dando paso luego a la envolvente voz de las cuerdas. Pero esa fanfarria inicial vuelve y vuelve, en las voces del corno, de la percusión y la flauta. El destino sigue llamando hacia la muerte.

Don Augusto miraba de reojo a su derecha: la improvisada cronista tomaba notas y notas en el cuadernillo digital. Cuando empezó el segundo movimiento leyó en los apuntes de su consorte “…una explosión sonora, emocional, sentimental, ambivalente, contrastante”. Y si por un instante se preguntó cómo ella organizaría tantos datos prefirió regresar la mirada al escenario: sus amigos los músicos lucían más concentrados en sus partituras que otras veces, más atentos, más serios. Y mientras la canícula de la calle de esta Mérida hirviente parecía haberse infiltrado en el escenario del palacio de conciertos, el segundo movimiento espectacular y tumultuoso, tormentoso, exigía todavía más de los ejecutantes.

Las frases musicales que parecen estar en conflicto entre sí comunicaban al público la esencia de Mahler: él, sus emociones, su universo. Si al compositor no le interesaba narrar historias por encargo, sí crear sonidos que antes, ahora y siempre se conecten con esa naturaleza humana que nos tiene en vilo a lo largo de toda nuestra existencia.

Hagamos un paréntesis, muy breve: al término del concierto don Augusto no se quedó con las ganas de hablar con los maestros integrantes de la OSY quienes entre sí coincidían en esa dificultad y respiraban felices tras el vitoreado concierto: grandes músicos que asumieron un gran reto bajo la conducción de José Areán. Una orquesta robusta que, como David, acometió la tarea de enfrentar con éxito al Goliat de la ejecución.

El tercer movimiento, el scherzo, como un juego de apariciones, hizo transitar la inicial percepción de la sombría atmósfera fúnebre al escenario de la danza. “El baile de la vida” había escuchado la improvisada cronista en la conferencia del maestro Bricio. Una danza ambivalente como el temperamento atormentado de su compositor, un movimiento que primero conduce al gozo, el ritmo y la alegría y luego libera disonancias, incertidumbres y frases musicales que parecen caminar hacia una ruta que luego abruptamente se transforma. El corno, la percusión, los pizzicatos, el clarinete, las cuerdas, todos juntos ascienden hacia un final explosivo, un arrebato de emoción.

Suspiros en el silencio de espera. Llegó el 4o. movimiento. “Esa emoción”, escribió la cronista, “es porque está dedicado a Alma Mahler”. La transformación absoluta del dolor inicial ahora despliega un mar sentimental, una declaración de amor vertido en una envolvente secuencia sonora a cargo principalmente de las cuerdas: los bajos y cellos, las violas y violines parecen cantar esa voz enamorada de un autor ya cuarentón que esperaba conservar para siempre la presencia de su amada.

Finalmente, el insólito 5o. movimiento inicia de nuevo con un llamado. Así como el primero era el llamado de la muerte, éste parece el llamado de la vida conteniendo todo lo posible en la existencia humana. Sin asentar nunca su espalda sobre el respaldo del asiento don Augusto comprobó la hora… “casi setenta minutos, pensó, es increíble”. En efecto: es el poder de una pieza tan narrativa y polisémica que es capaz de mantener en vilo al público y despertar comentarios como el que escuchó de pronto de alguien en el asiento de atrás: “Ay, ese tipo era un genio”.

El llamado musical se hace diálogo: un despertar sucesivo de las cuerdas: los cellos dan paso a las violas, éstas a los violines, y luego los alientos (trompeta, trombón…) y las percusiones como emisarios de otros tiempos y otros mundos que convergen en una inusitada revolución de sonidos, todos al unísono aunque cada uno con su propia voz, en una suma asombrosa de apariciones auditivas, una celebración enérgica y exuberante que sin confundir seduce en su diversidad y misterio.

Al final, una nueva explosión de notas y ritmos inesperados, divergentes y disruptivos que terminaron de conquistar a un público que aplaudió con emoción y entusiasmo.

Las preguntas eternas, aquellas que Mahler imprimió en toda su obra acompañaron a don Augusto y la cronista mientras caminaban en silencio por la noche cálida: ¿Quiénes somos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿a dónde nos vamos al morir?, ¿a dónde vamos después de la muerte? “Sí”, concluyeron… “una sinfonía, así como la de Mahler, sí es como el mundo. Sí puede abarcarlo todo”.— María Teresa Mézquita Méndez

De un vistazo

Concierto

La Orquesta Sinfónica de Yucatán repetirá el concierto de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler hoy domingo, a las 12 i.m., en el Palacio de la Música.

Boletos

A la venta en el recinto sede y sinfonicadeyucatan.com.mx.

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