EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO

El evangelio de San Mateo termina con este pasaje y con las palabras del Señor que, una vez concluida su obra, organizó la misión de los Apóstoles para que vayan al mundo y “den fruto”, formando nuevos discípulos de Cristo.

En el discurso de Jesús se distinguen tres partes solidarias: a) El título de autoridad suprema en el que funda la misión del universo; b) esta misma misión por la que constituye en apóstoles a sus discípulos y les encargó bautizar y enseñar a los hombres lo que ellos habían aprendido; c) la promesa de su asistencia en esa tarea hasta la consumación de la historia.

El bautizado “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” es de Dios y a Dios debe obedecer en todo. Dios nos hace sus hijos por el Bautismo (este es el indicativo evangélico de la salvación); después, espera de nosotros que cumplamos su voluntad y nos atengamos al mandamiento de Jesús. Toda la voluntad de Dios se resume en el mandamiento del amor.

La confesión pública de la fe y la vida entregada al amor a los demás, son la señal de la presencia del Señor en medio de sus discípulos. Ambas cosas son posibles por la fuerza del Espíritu Santo.

No se trata, pues, sólo de hablar de Dios sino de encontrarse y hablar con Él, en un diálogo de intimidad y de vida que Él mismo inauguró. Porque la Santísima Trinidad no es un teorema teológico, no es una fuente de especulaciones de especialistas ni solo un símbolo para representar a Dios. Es la manifestación de un acto de amor infinito que del misterio de la divinidad se difunde en las creaturas y tiene en la Iglesia uno de los lugares privilegiados de expresión.

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