La violinista Alba Aurora Martín Magaña, maestra y directora del proyecto Paax Música e Inclusión, no ha tenido un camino fácil en la música. Comenzó a tomar clases de violín a los 10 años con la maestra Amy Palma. Pero durante la adolescencia comenzó a tener problemas de socialización.
Ingresó a la orquesta del Centro de Música José Jacinto Cuevas (Cemus) de la Sedeculta, que dirigía el maestro Roberto Tello Martínez, y posteriormente a la juvenil que dirige el maestro José Luis Chan Sabido, pero le temblaban las manos y el arco, algo que creyó sería temporal. Así, decidió estudiar la licenciatura en Música con opción en violín en la Universidad de las Artes de Yucatán (antes ESAY), donde el problema siguió y fue blanco de burlas por parte de sus compañeros, algo que le causó mucho estrés y dificultades para relacionarse. En la UNAY fue parte de la orquesta barroca que dirigía el maestro Russell Montañez, hasta que llegó a la orquesta de la Uady que dirigía el maestro Miguel Pérez Concha, quien la animó a ensayar más.
“Para mí Pérez Concha fue como un padre”, confiesa.
La violinista comenzó a tomar terapia, experimentando etapas mejores que otras; tenía cambios de humor y pasó por diversos diagnósticos. Por fortuna tuvo el apoyo de su madre, que no cesó hasta que dieron con el diagnóstico correcto.
“Tengo un tipo de epilepsia, al principio me trataron por depresión, ansiedad, luego por bipolaridad, creían que eran crisis de ausencia, ha sido muy volátil mi diagnóstico”, explica.
Una vez que terminó la licenciatura en Artes Musicales en la UNAY, decidió irse a Londres a perfeccionar sus estudios. Adolfo Patrón Luján, quien fuera presidente del Patronato de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, la ayudó económicamente.
Ser una persona neurodivergente hizo que Alba comenzara en 2016 un proyecto llamado Paax Música e Inclusión. Paax significa música en mayay no tiene que ver con el proyecto de Alondra de la Parra del mismo nombre.
El proyecto Paax de Alba está enfocado en dar clases de violín y piano a niños y niñas con neurodivergencias, como autismo o esquizofrenia.
Cuando Alba abrió su academia de música se dio cuenta de que la mayoría de sus alumnos tenía neurodivergencias, pero aclara que no todos los que tocan en la orquesta de Paax presentan esas condiciones.
“Empezamos con cuatro violines, les daba clase individual y de orquesta, cuando me di cuenta ya éramos un montón y poco a poco comenzamos a tocar un repertorio más en forma, más académico”, dice sobre cómo se gestó la orquesta.
La orquesta como tal comenzó en 2018 y sólo tiene violines y violas, por lo que cuando tienen presentaciones invitan a músicos (violonchelos y contrabajos). Por ejemplo, en la presentación que tuvieron el pasado 29 de junio en el Patronato Pro Historia Peninsular (ProHispen) participaron maestros invitados, que fueron los violinistas Timothy Lee Myall, Raúl Zapata Blanqueto, Fátima Ojeda de la Fuente y Sofía Evangelina Campos Madera; el chelista Alberto Pelisier, el contrababajista Brayan Alexis Rosado Sandoval y la colaboración de Jesús Alberto Poot Islas.
En total Alba tiene 40 alumnos de piano y violín, típicos y atípicos, como le llama, entre Mérida y Valladolid; son personas que padecen epilepsia, autismo, esquizofrenia, TDH, TDA, etc.
“Cuando era estudiante sentía que faltaban muchos protocolos para trabajar con niños y niñas con neurodivergencias o discapacidades psicosociales, así que tomé la decisión de irme a estudiar a Canadá en 2018, a una universidad de Toronto donde terminé un diplomado en neuroeducación para personas con autismo, y luego dos maestrías en 2020, una en la UNAM y otra en la UNAY, una de Historia del Arte Contemporáneo y una maestría en Arte… Fue una locura”.
En la Maestría en Arte comenzó a hacer proyectos transdisciplinarios combinando arte sonoro y tecnología, con temas como la depresión, la esquizofrenia y la bipolaridad.
Sin embargo, Alba está más dedicada a la enseñanza, por su preparación, paciencia y su propia experiencia de vida.
Alba también tienen alumnos “borderline” o con trastorno límite de la personalidad (abreviado como TLP), también llamado limítrofe o fronterizo, que es definido como “un trastorno de la personalidad que se caracteriza primariamente por inestabilidad emocional, pensamiento extremadamente polarizado y dicotómico, impulsividad y relaciones interpersonales caóticas” y no debe confundirse con el trastorno agresivo de la personalidad.
“Cada alumno tiene sus retos, unos se ponen a llorar en clase, a otros les da crisis de ansiedad, otra es depresiva, otra tiene esquizofrenia; entonces, en ese vaivén trabajamos. De los 12 que pueden ser los integrantes de la orquesta hay 6 o 7 que tienen alguna condición, tienen de 8 a 35 años de edad”.
Un trabajo difícil
¿Cómo se trabaja con niños neurodivergentes?, preguntamos.
“Es un proceso, te expones a situaciones muy complejas, puedes tener toda la teoría del mundo y es hasta la confrontación alumno-maestro que vas aprendiendo. Recuerdo que al principio un alumno de cuatro años, Leo, me tiró una piedra. Tenía trastorno oposicionista, vamos a pensar que es una bipolaridad para bebés, le dio un ataque de ira”.
“Otro alumno se me abalanzó con su violín, su papá era bipolar, y a partir de esas experiencias aprendí que si el alumno tiene alguna condición no se puede quedar solo conmigo, tiene que estar presente alguno de sus padres o un tutor, porque si llegan a un punto de estrés no es que quieran golpear al maestro, sino que su forma de sacar el impulso es a través de la violencia, como los golpes”.
“También aprendí que no me podía estresar si un alumno gritaba, yo soy la que tiene que bajar su nivel, si veo que le estoy pidiendo mucho al alumno yo soy la que tiene que bajar el tono de voz, respirar, etc. Es muy complicado, pero lo más difícil no son los alumnos sino los papás, los que no sólo no quieren entender que su hijo tiene una condición, sino que además ellos (los papás) tienen que ir a terapia”.
Otro caso se trató de un joven alumno con autismo que se expresaba como un niño de ocho años, “yo no sabía que tenía esa condición hasta que comenzó a hablar libremente de cómo se sentía. Le pregunté por qué su mamá no me dijo nada y me contestó que ella no quería hablar del tema. Yo hablé con la mamá, pero la señora pensó que obligué al muchacho a hablar de su condición cuando fue al revés. El joven tenía un alto rendimiento, no tenía ninguna dificultad, entendía todo muy bien, solo que a veces era muy infantil en su forma de reaccionar”.
“No todos los papás están en negación o evitan hablar del tema, otros se desviven para que sus hijos salgan adelante, cuando veo que los papás no hacen nada por el estudiante es cuando los doy de baja, y no es por el alumno, es por los papás, porque muchos llegan con la creencia de que el arte los va a curar y no es así, les va a ayudar como terapia ocupacional y más adelante podría ser una forma de vida. Tengo un alumno que se fue a Canadá y otro está entrando a la licenciatura en Música. También doy de baja a alumnos que tienen una mala actitud”.
Le preguntamos si es verdad que las personas con autismo desarrollan otras capacidades, llegando incluso a ser genios. Ella indica que es un mito.
“Desarrollan patrones o algo que les hace aprender más rápido; un niño con TDH, si le gusta el instrumento, va a estar todo el día tocando, pero otros tienen problemas de memoria o aprendizaje. Lo importante es no pensar que si son buenos es por su enfermedad, logran lo que logran por ellos mismos, por su carácter, su personalidad; cada persona es distinta, para mí es un logro increíble que toquen una o dos notas y muevan el arco en la posición correcta”.
El caso de Fernanda
Fernanda Aldana Chiquil, de 19 años, tiene TDH, retraso mental y un tipo de epilepsia, también tiene rasgos de autismo. Cuenta que con la maestra Alba ha tenido una buena experiencia, está contenta y quiere seguir tocando. Dice que lo más difícil para ella es ver las cuerdas.
Fernanda comenzó a tocar gracias a su mamá, Lidia, que le pedía a la joven que la acompañara a sus clases.
Lidia comenta que han trabajado con Fernanda desde que tenía cuatro años con diferentes terapias, desde psicomotricidad hasta lenguaje, y la equinoterapia y la música, como las clases con Alba, le han ayudado mucho a volver a abrirse, pues durante la pandemia se encerró en sí misma, ya que le afectó el aislamiento y la transición a la adolescencia.
“Cuando volvimos a la normalidad ya no quería convivir con personas, se negaba a volver a clases presenciales”.
Con el violín fue diferente, cuenta su mamá; esperaba con ilusión sus clases.
“El clima de confianza y actividades lúdicas que tiene con Alba le resultó muy atractivo, ya se atreve a tocar con más sensibilidad, más relajada, a menos que esté delante del público”, lo cual notamos cuando le pedimos que toque algunas notas, si bien las ejecutó con mucho porte.
Fernanda se identifica con la maestra, que le cuenta su propio proceso: “A la maestra tampoco le salía, mamá”, le dice a su madre cuando se le dificulta alguna pieza.
Fernanda apenas tiene seis meses yendo a clases de violín y, según su mamá, cada día ve más avances en su carácter.
“Ya toca el violín delante de sus tíos, aunque sea dos o tres notas; antes casi no hablaba, ahora ya platica y expresa cómo se siente”, dice con orgullo doña Lidia, que confiesa que Fernanda ya tiene otra ilusión artística: quiere pintar.— Patricia Eugenia Garma Montes de Oca


