La lluvia pensó que me atrapó, pero yo la atrapé primero. Mis ojos solo pueden ver su grandeza mientras otros corren para no mojarse y, así, mientras permanecía inmóvil, la guardé en la memoria.
Junto a mí, las gotas danzaban al mismo tiempo, estallando contra el piso, para dar cabida a las siguientes que caían para continuar con aquel aguacero que parecía infinito. Y es que el agua en la mayoría de los mitos de la creación del mundo representa la fuente de vida y de energía divina, de la fecundidad.
Siempre se le ha asociado con la fertilidad y la purificación, siendo símbolo de renovación… incluso de libertad. Durante nuestra existencia transitamos en diferentes direcciones a veces de forma pluvial y otras tantas fluvial. Lo que varía es la intensidad, pues nuestro destino será el mismo: volver al mar.
Lo verdaderamente importante es lo que dejamos a nuestro paso: el caos o la tranquilidad.
Cuando actuamos como un torrente sin control daremos lugar a la destrucción y cualquier disculpa será un compás fuera de tiempo.
Si fluimos alimentando lo que encontramos cerca de nuestro cauce, todo florecerá dejando a su paso nueva vida. Regar con cuidado y cariño la tierra que tenemos a nuestro resguardo es la manera más noble de acceder a la mejor almohada que existe: la que brinda el descanso desde la conciencia imperturbable y un corazón en paz a pesar de las tormentas que amenacen desde fuera.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
