Desde que tengo uso de razón y muchísimas décadas atrás gran parte de la población de Mérida se trasladaba a los puertos cercanos, en especial a Progreso, para pasar ahí los meses de julio y agosto en espera del regreso a clase.

Las casas de veraneo eran sencillas, sin grandes lujos… De hecho, todo lo viejo se trasladaba a la playa para tener una segunda oportunidad y más de una vez todos nos quedamos “pegados” al refrigerador después de una descarga eléctrica.

Las rutinas eran sencillas: el baño de mar temprano, salir a jugar por el vecindario, el béisbol playero, los “calabaceados”, la lotería, la búsqueda de “weches” y las fogatas, que reunían a toda la cuadra y a cuanto colado se asomaba.

Asistir a la feria era evento privilegiado y la propiedad privada no existía. Todos entraban a casa de todos y los niños desaparecían el día entero hasta la hora de comer para salir corriendo de nuevo, previo baño de agua de colonia Sanborns para ahuyentar a los mosquitos.

Por la tarde las adolescentes “almidonadas y compuestas” se sentaban en la clásicas barditas y empezaba el ir y venir de los muchachos, hasta que llegaba la hora de alistarse para las reuniones nocturnas en la casa de turno.

¿Televisión? No, cuando de casualidad llegaba una a la playa era más vieja que Matusalén y apenas recibía con bastante interferencia uno o dos canales.

Más adelante empezaron a abrir pequeñas discotecas en predios improvisados, a los cuales acudía la juventud, donde todos éramos amigos o cuando menos conocidos de los que ahí se encontraban.

Un buen día empezó todo a crecer y el concepto de temporada a cambiar: se comenzaron a construir residencias espectaculares a la orilla del mar ya más alejadas del tradicional malecón, empezando con Chicxulub, Uaymitun, San Benito, Telchac y muchos kilómetros más allá. Los terrenos quintuplucaron su valor, los edificios de departamentos aparecieron y la gentrificación hizo lo suyo: precios inaccesibles para los locales.

Ya la ropa usada y desgastada que llevabas a las vacaciones se cambió por el outfit de moda para estar en la “jugada”.

El esperado paseo en lancha de fin de semana se volvió diario agregándole el plus de las wave runners y todos los juguetitos marinos habidos y por haber.

Los juegos tradicionales se cambiaron por videojuegos y los chamacos encerrados en el aire acondicionado no pisan la arena en días.

Yo no puedo decidir si es mejor, peor o igual. Los que vivieron esta evolución lo podrán decir.

Por el trabajo de mi papá y la antipatía de mi mamá por el Sol la “temporada” no era opción para mí.

A veces mi hermana y yo solíamos ir a casa de mi tía a pasar unos días, yo siendo la más grande no me hallaba y regresaba a mi casita mucho antes que los demás.

Pero de lo que estoy segura es que veía personas muy felices de todas las edades disfrutando esos meses de cambio total de rutina.

Con la edad le tomé amor al mar, cada vez que puedo me escapo unos días y el alma me vuelve al cuerpo.

Este fin de semana tuve la oportunidad de disfrutar desde el baño de mar, la playada, la compra del pan en el pueblo, la puesta de Sol, la plática interminable y la convivencia con los hijos.

Los que no tenemos esa costumbre valoramos y agradecemos estos días en el paraíso, aunque hoy con algunas variantes, pero, como siempre, yo me quedo con lo bueno.

Cuando era pequeña y llegaba con heridas que me provocaban las picaduras de moscos los mayores me decían: entra al agua para que la sal las seque pronto.

Hoy sé que el mar no solo seca las lesiones de la piel, también las del alma y las lágrimas que a veces brotan desde ella.

Feliz fin de verano 2024.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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