VALLADOLID, España (EFE).— El director de cine mexicano Alonso Ruizpalacios reflexiona sobre el capitalismo, las relaciones de los migrantes y sus sueños en el largometraje “La cocina”, exhibido ayer en la Seminci de Valladolid. Es el único hispanoamericano que compite en la Sección Oficial del certamen anual.
El filme está rodado en blanco y negro y basado libremente en la obra de teatro “The Kitchen” (1957), del británico Arnold Wesker. Recrea el interior de un restaurante para turistas en una gran ciudad, que salta del inglés al español y tiene como protagonistas a Raúl Briones y Rooney Mara.
“Siempre fue nuestra intención retratar la experiencia de nuestros paisanos, el foco de esta ‘peli’ es la experiencia de los mexicanos fuera”, aseguró en una rueda de prensa el cineasta, que abandona por primera vez México, donde discurrían “Güeros” (2014), “Museo” (2018) y “Una película de policías” (2021), para ubicar la historia en Manhattan.
Ruizpalacios explicó que conoció la obra cuando trabajaba en “un restaurante no muy Michelin” en Londres y que fue allí donde se enamoró del “universo de las cocinas”, lugares “muy dramáticos” ya que son puntos de encuentro de muchas nacionalidades y que, aunque pensó que iba a ser su primera película, se ha convertido en la cuarta. “Me quedé con ganas de hablar de esa Torre de Babel”, afirmó.
Esta coproducción entre Estados Unidos y México de 139 minutos transcurre en el interior de un restaurante de Manhattan donde la mayor parte de los trabajadores son migrantes irregulares, entre ellos el cocinero Pedro (Briones) y la camarera Julia (Mara), que, tras desaparecer dinero de la caja, son interrogados en lo que se convierte en una lucha para mantener sus trabajos y también sus sueños.
Cielo o techos
Un mundo que no puede pararse nunca, como recuerda en varias ocasiones el propietario, el señor Rachid (Oded Fehr), que se abre y se cierra con la mirada de Estela (Anna Díaz) y en el que el blanco y negro hacen que el cielo no pueda diferenciarse de los techos del restaurante, opción estética que el cineasta tenía claro desde que escribía el guion.
“Enmarca la historia una especie de fábula, algo un poco más allá del realismo y que nos permite jugar con el color y con los contrastes, porque tiene una fotografía que juega mucho con el contraste, al igual que la película juega con los contrastes sociales y económicos”.
Preguntado por la representación del racismo y su aceptación por los propios migrantes, subrayó que su objetivo era “retratar una cocina dignamente”, especialmente sus jerarquías, por eso no quería hacer una cinta donde “los blancos o los yanquis son los malos, y el resto los buenos”.
“El racismo no tiene razas, aunque es cierto que algunas lo han ejercido más que otras”, apuntó, para incidir en que las luchas entre los propios migrantes tienen que ver más “con el capitalismo, con quién controla los medios de producción y con lo que le preocupaba a Wesker: un mundo en el que la productividad es el bien absoluto por encima de los sueños”.
