Ceci n’est pas une pipe (Esto no es una pipa). De la serie de cuadros “La traición de las imágenes”. René Magritte.

En el campo de las artes plásticas existe una corriente llamada realismo (del latín res- realitas, que significa cosa, cualidad relativa a la cosa real), y de la cual podemos decir que sus antecedentes podrían estar en el arte rupestre, al tratar de representar a los animales, ya que eran reproducidos con características que podríamos considerar realistas (de conformidad con su desarrollo artístico en su momento) y a través del detallismo conque los mismos fueron pintados; sin embargo y en estricto sentido todavía no podemos hablar de un arte realista, puesto que las mismas son una esquematización gráfica y simbólica, atendiendo a sus caracteres. Por lo que a través de la historia, desde el arte arcaico hasta citar el egipcio podríamos decir que, el perfeccionamiento de la técnica apoyó al desarrollo de esta corriente; y fue en el llamado periodo clásico griego (el siglo VI a.C) que se originó una producción que imita fielmente a la naturaleza, captando la realidad tal como es (mímesis griega), siguiendo criterios de proporción, volumen y simetría, en la que se fomenta un tipo de representaciones plásticas acordes con una “belleza ideal”.

Hay que distinguir entre dos conceptos: el realismo como corriente artística y como característica de una obra de arte; así, mientras que el primero es un movimiento plástico y literario que se circunscribe a las décadas que van desde 1840 a 1880, el realismo en cuanto a característica de una obra de arte tiene que ver con el grado de exactitud que la obra presenta, considerando las siguientes características: perspectiva, proporción, volúmenes, espacio, etc.

En el llamado Renacimiento italiano durante todo el siglo XV y parte del XVI se introdujo la perspectiva lineal a través del establecimiento de un punto de fuga, construyendo el espacio del cuadro y produciendo así una ilusión óptica que da la sensación de profundidad; y a partir del siglo XVI en el barroco se exaltó lo emocional. Como movimiento el “realismo” surgió en el siglo XIX en Francia con Gustave Courbet (Francia, 1819 – Suiza, 1877), quien guió el movimiento abrazando la autenticidad al representar la vida cotidiana con fidelidad o detalle, buscando así representar la realidad de manera precisa y convirtiendo la pintura en una visión realista o naturalista.

El realismo ha evolucionado dando como resultado que, a finales del siglo XX surja el llamado hiperrealismo, que convierte la pintura en casi una reproducción fotográfica (por lo que también recibe el nombre de fotorrealismo) llevándola a la imitación de la naturaleza a su máxima expresión, como contestación a la tendencia conceptual y abstracta de las artes plásticas.

La apariencia de la realidad (del latín verax – veracis, verídico o sincero) no necesariamente es una veracidad mimética o imitativa, ya que su concepto es la “conformidad de las cosas con la noción que de ellas se forma en la mente”, además de que podemos realizar una interpretación de todo lo que percibimos, y que esa noción puede venir filtrada por un modelo social, el mensaje que se pretende mandar al espectador o la recreación plástica que el artista realiza aparentando una realidad no existente (o en la nueva figuración o neofiguración); no todo lo que parece real en la pintura es necesariamente cierto. Por lo anterior, podemos decir que una obra puede o no coincidir o reproducir la realidad, que no implica que se trate de una mera ilusión, o que sea una falsedad al no hacerlo, ya que la verdad artística resguarda o se transforma a través de la experiencia del autor, y puede mostrarnos que hay una verdad que se revela en el proceso de su creación, es decir, no se trata de la reproducción o transcripción, sino que encuentra un camino en la esencia de las cosas, ya que ésta debe ser actual y ante todo, representar el lugar donde transcurre la existencia, mostrando y significando otra realidad, la cual puede ser la personal o la sensible del artista.

Curador

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