“SEÑOR, ¡TEN COMPASIÓN DE MÍ!”

Jesús iba de camino hacia Jerusalén; abandonó Galilea y llegó a Jericó. Bartimeo, sentado al borde del camino, había oído hablar de Jesús y se había enterado de que iba a pasar por allí. Mientras pedía limosna, este pobre ciego puso toda su confianza en el profeta Jesús. Por el rumor de la gente y el griterío, se dio cuenta de que había llegado su oportunidad y se puso a gritar llamando a Jesús “Hijo de David”.

Solo en el Sal 17, 21 se puede comprobar el sentido mesiánico de este título. El “Hijo de David” era para los judíos el salvador nacional de quien se esperaba el cumplimiento de todas las promesas que Dios le hiciera a Israel. Precisamente la curación de los ciegos era una de las señales mesiánicas anunciadas por el profeta Isaías. Era comprensible que Bartimeo confiara en Jesús, puesto que lo reconoce como Mesías.

Fueron tales sus gritos que la gente le mandó callar, pero él siguió gritando. Cuando Jesús le mandó llamar, Bartimeo recuperó el ánimo y aumentó su confianza. Dejó el manto sobre el que estaba sentado y, de un salto, se puso delante de Jesús. Bartimeo manifestó el respeto que le infundió la presencia del “Hijo de David” y Jesús le concedió la gracia que le pedía. Su fe le había salvado.

Ahora bien, para conocer el significado más profundo de la curación de Bartimeo, debemos remontarnos a uno de los muchos textos del Antiguo Testamento en donde “el abrirse de los ojos de los ciegos” es un indicio inequívoco de la inauguración de los tiempos mesiánicos. Cuando el siervo de Dios entra en escena —escribió el profeta Isaías— “brilla la luz para las naciones paganas y se abren los ojos de los ciegos” (42, 6-7).

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