• Cecilio Perera regaló una noche mágica acompañado de su guitarra en el concierto de anteayer con la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY)

Por un instante, anteanoche al llegar al Palacio de la Música, la improvisada cronista recordó un poema de Gregorio de Gante llamado “Poblanerías” que le enseñó su padre, y que en las estrofas iniciales enumera con folclórica voz a los recién llegados a una fiesta: “Pepito, Pelancha, Lalito, Chabela, Lupilla, Juanona, Maruca y la Paca…/ todo el vecindario tan abigarrado, multiforme y vario”.

Y es que así fue la llegada en tropel esta vez al concierto: don Augusto, doña María y doña Beatriz, doña Minerva, Carmencita, Miguelito… y la cronista. Es decir, tío, cuñado, cónyuge y yerno, abuela y suegra y mamá, nieta, sobrina y prima, sobrino y nieto, amiga, tía, hija, hermana y cuñada… y la otra tía. Un colectivo de emparentados que peregrinaron, no siguiendo al flautista de Hamelin, sino atraídos por una magnética noche: la OSY con Cecilio Perera, gloria de Yucatán.

Como una promesa de goce, las piezas, tan conocidas como entrañables, se desdoblaron en las carteleras de nuestra orquesta desde el comienzo de la temporada: tres perlas de Georges Bizet, Manuel de Falla y Joaquín Rodrigo, tres evocaciones ibéricas con distintas reminiscencias y sabor a leyenda, nostalgia y misterio.

Al igual que en otras ocasiones, la antesala de la función fue la charla del maestro Areán, sintética y nutrida lección preparatoria para llegar al concierto con datos fundamentales, con información de primera mano, con la voz del director que brinda anécdotas, hechos, episodios fundamentales. Una ópera en ambiente español escrita por un autor francés que jamás conoció España, una historia de amor prohibido perseguida por sus fantasmas, un concierto para guitarra, estrella de una orquesta de la que siempre es invitada, nunca integrante.

—¿Lo sabías? —preguntó la cronista.

—No tía, pero a ver si es cierto —tal vez el escepticismo adolescente esperaba encontrar respuestas en TikTok, esa especie de “Enciclopedia Encarta” de los nativos digitales…

Entre susurros y suspiros el híbrido colectivo familiar termina por ocupar sus asientos. Compungidos, los adolescentes guardan sus teléfonos. Don Augusto sonríe y se relaja, listos los oídos para disfrutar. La cronista toma nota… la primera obra, banquete auditivo, es una selección de las suites No. 1 y No. 2 de la que quizá sea la ópera más popular de todos los tiempos: “Carmen”, basada en la novela homónima de Prosper Mérimée.

El colorido orquestal de las suites donde el canto operístico se transmuta en voz instrumental sin necesidad de palabras trajo al escenario del Palacio de la Música ritmos españoles como la habanera y la seguidilla, sonoridades profundas de la esencia gitana que han llegado a los escenarios del mundo entero.

Al escuchar bajo la batuta del maestro Areán los diálogos entre los instrumentos de cuerda, el oboe, la flauta, las percusiones; al canturrear para sus adentros sobre la voz de la trompeta aquello de “L’amour est un oiseau rebelle” (el amor es ave muy extraña) de La Habanera, la cronista no daba crédito a que la obra haya sido estrenada con un rotundo fracaso el 3 de marzo de 1875 en la Ópera cómique de París, lugar donde hoy se ha puesto en escena más de 2,500 ocasiones. Ni tampoco puede creer la tragedia de que Bizet muriera de un ataque al corazón a la edad de 36 años, rodeado de críticas negativas y muy decepcionado, apenas tres meses después del estreno. Nunca llegó a saber el éxito de su creación.

La suite interpretada anteayer recorrió los fragmentos del Prelude, la Aragonaise, el Intermezzo, la indispensable Habanera, la Chanson du Toreador y la Danse Bohéme, momentos estelares de una ópera que llevó a los escenarios un tema escandaloso para la moral de entonces centrado en una Carmen (gitana tenía que ser) que se comporta sin ataduras, sin frenos morales o religiosos, sin miedo al amor y solamente fiel a sí misma.

La guitarra maestra

El segundo gran momento de la función de este viernes correspondió al Concierto de Aranjuez, con Cecilio Perera como solista en la guitarra. En una entrevista previa con Diario de Yucatán, Cecilio recordó que aquella vez, hace 20 años y meses, su primer concierto con la recién nacida OSY fue precisamente esta obra memorable, creación de Joaquín Rodrigo.

Dos décadas que han pasado como una exhalación y a lo largo de las cuales sin lugar a dudas la OSY se ha consolidado y trascendido, y a su vez Cecilio, el jovencísimo guitarrista de aquel entonces, es hoy un ejecutante de reconocimiento internacional con esa voz propia de la que él mismo ha hablado, quien este viernes llevó de la mano al público por los jardines del Palacio de Aranjuez, con la inevitable mezcla de amor y nostalgia de un compositor enamorado que a la vez afronta la dolorosa muerte de su hijo.

—Cecilio —pregunta la cronista al término del concierto—, si cada interpretación es diferente para ti ¿qué fue lo distinto en esta noche?

—Buena pregunta —el maestro se toma su tiempo para responder—, tal vez, para empezar, que todo es distinto: el recinto, el director, la orquesta misma. Todo ha cambiado mucho desde aquella vez hace tanto tiempo… pero hay todavía más diferencias en la experiencia de esta ejecución, tengo que pensarlo mejor.

Los tres movimientos se suceden con una prestancia tal que no dejan sentir el paso del tiempo: son 24 minutos de oro musical. El primero, el Allegro con spirito traslada al público al Palacio de Aranjuez, a los jardines. Amplio paisaje de enormes distancias silentes y apacibles. El aire, las fuentes, la vegetación, los monumentos se tornan en voces de armonías sonoras que dialogan entre sí, con una interlocutora protagónica: la guitarra de Cecilio, quien en pleno día de Santa Cecilia, patrona de los músicos, desborda por los cuatro costados que nunca mejor elegido ese nombre para él, y cuya lira contemporánea durante el segundo movimiento, el inolvidable Adagio, tan icónico en el panorama musical universal, parecería uno más de sus órganos, transmutada en cuerpo humano dialogante con la trompeta, el vigoroso violonchelo, el oboe, la flauta.

Las manos del guitarrista también parecen multiplicarse y ser capaces de arrancar, a seis cuerdas y una caja de resonancia, innumerables sonoridades inesperadas, y de repente lanzar, como una lluvia auditiva, el sonido hacia la audiencia, desde las cuerdas y a través de sus dedos.

Su interpretación generosa y vehemente cierra con el tercer movimiento, el Adagio gentile que recupera lo más inspirador, lo poético, desplazándose más allá del sentimiento pesaroso. Los generosos aplausos del público invitaron a Cecilio a brindar un encore. Ninguno mejor para el broche de oro que su arreglo de “La mestiza” de Chan Cil, ese mismo que brindó en julio pasado en el Palacio Mirabel de Salzburgo y que fue profusamente aplaudido, contribución a la música yucateca de un guitarrista que presumimos nuestro pero que ya es del mundo y que el viernes pasado actuó en perfecta interacción con la OSY bajo la batuta del maestro Areán.

En el intermedio los adolescentes vuelven a sus teléfonos y revisan los vídeos que grabaron del concierto. El murmullo desciende para dar lugar, tras la tercera llamada, a la magia hipnótica de Manuel de Falla, cuyo “Amor brujo” llevó a la audiencia al viaje espectral que hace Candela desde el mundo de los vivos perseguida por los muertos para liberarse del fantasma del amante celoso y poder ser feliz con Carmelo. De los movimientos o piezas de la obra, la OSY interpretó la Introducción, Canción del amor dolido, El aparecido, Danza del terror, El círculo mágico, A medianoche, Danza ritual del fuego, Escena, Canción del fuego fatuo, Pantomima, Danza del juego del amor y el final: las Campanas del amanecer, voz protagónica de las campanas tubulares, plenas de sonoridad.

La joven Claudia Carrillo, mezzosoprano de 23 años egresada de la UNAY, dio voz al dolor de la protagonista: “me mata la pena… soy el viento, soy la mar en que naufragas…”.

Profundamente arraigada en el folclor andaluz, “El amor brujo” se hizo cante y música en la ejecución de la OSY entre ensoñaciones, despertares y rituales de exorcismo para rescatar para siempre a un espíritu libre del fantasma que lo persigue.

Termina un concierto de aquellos en los que el público espera que el final no llegue por ser tan disfrutado. En poco más de hora y media, el viaje de la mano del maestro Areán y hombro a hombro con la OSY partió de la mirada francesa de Bizet sobre el exotismo español, la tragedia y el amor, hasta la nostalgia y el romanticismo de Joaquín Rodrigo, entre el amor y la pérdida, y la profunda conexión con el folclore andaluz de Manuel de Falla, pleno de emociones que trascienden de lo humano a lo fantasmal.

La variopinta parentela —don Augusto el primero— se levanta de la primera fila batiendo palmas mientras la improvisada cronista trata al mismo tiempo de aplaudir, tomar nota y leer una vez más algún detalle del programa de mano antes de devolver los lentes que le dieron prestados por olvidar los suyos. Afuera, en la explanada del Palacio de la Música, Cecilio y Claudia reciben felicitaciones y abrazos mientras los maestros ejecutantes de la OSY se despiden con alegría, instrumentos al hombro. “Hasta el domingo…” es la consigna. Y hoy volverá a consumarse el milagro.— María Teresa Mézquita Méndez

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