Aún no llegaba el invierno y Tavertet nos recibió con un guiño de enredaderas verdes que se aferraban fuerte a la piedra de sus muros y riscos. Este pequeño núcleo urbano declarado “Bien de interés cultural” por la Generalita de Cataluña, deja en pausa mis emociones para hacerlas explotar después, mientras contemplo su increíble paisaje. Poco a poco, y respirando una sensación de aislamiento confortable me dirigí a través de sus callejuelas hacia los acantilados que se precipitan de manera abrupta ante mis ojos incrédulos, que llevan la imagen de la llanura tan lejana de mi amada tierra del mayab.
Me gusta cuando la curva de mi sonrisa es apenas perceptible, como si necesitara de ese espacio para llenarlo con emociones nuevas y desconocidas. Y aunque parezca extraño, a veces hay que bajar el “switch” en el exterior para encender la chispa del interior.
Volver a los orígenes en experiencias lúdicas y sensoriales que nos involucren tanto a nosotros mismos como a personas en el mundo real. Pasar del anonimato detrás de una pantalla a la cercanía de una presencia, retomando la costumbre de las charlas amenas, la convivencia de sobremesa y los encuentros cara a cara.
Retomar el hábito de la buena lectura con libros impresos, de esos que dejan olor a tinta en los dedos y en el alma. Quiero pensar que no todo está perdido, que podemos usar a favor el universo tan amplio que ofrece la ciencia, transformando el conocimiento que brinda, para crecer en sensibilidad y empatía. Vivimos un momento en el que a pesar de estar más “conectados”, más solos y aislados nos sentimos. Y no es lo mismo la soledad cuando es opcional y deseada a cuando se vuelve rutina.
Por eso hoy, y después de vivir en solitario lo que me ha tocado experimentar, me decanto por regresar a lo humano, a lo tangible, esperando encontrar durante este proceso a muchos que como yo, o como tú estén dispuestos a revivir el calor solidario y compasivo que nos distinguen del resto de las cosas y criaturas de este planeta.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación
