Cuando sonaba la campanita del pantry de casa de mi bisabuela Beatriz, era hora de emprender la carrera cruzando el jardín que nos dividía. Las tardes después del cole eran mágicas en su biblioteca rodeadas de ejemplares que intentaba tomar aunque apenas alcanzaba las estanterías de puntillas.
Ahí me esperaban “El libro de oro de los niños”, “El tesoro de la juventud”, los cuentos de hadas yugoslavos, las fábulas de Esopo, entre otros. La lectura era de las actividades que más disfrutaba con ella, pero no había regalo más grande que oír los relatos narrados por su dulce voz.
Mi favorito de esta temporada era uno al que ella llamaba “El abeto descontento” y, si mal no me falla la memoria, la historia más o menos es así:
En un hermoso bosque crecía un joven abeto que se sentía insatisfecho con su vida pues miraba con admiración a sus compañeros grandes y fuertes deseando ser como ellos.
Al notar su aflicción, un anciano árbol se dirigió hacia él y sereno comentó: “Tú tienes un propósito especial, estás destinado a ser el centro de las celebraciones navideñas, serás decorado con luces y regalos trayendo alegría y felicidad a la gente”.
El pequeño abeto se mostró entonces alegre y a diario esperaba ser elegido para tan genial misión. Un día llegaron los leñadores y de un certero golpe lo tumbaron, arrastrándolo hasta la plaza central del pueblo.
Aunque sentía el dolor de aquel tajo, su regocijo era mucho mayor, al verse engalanado y brillando, reuniendo a toda la comunidad que danzaba y reía a su alrededor. A la mañana siguiente al terminar las festividades fue llevado a un cobertizo donde fue abandonado por días.
Mientras los ratones jugueteaban con sus maltrechas hojas, el pequeño abeto lloraba añorando su vida al aire libre y los rayos del Sol tocándolo suavemente.
Al final de esa tarde, un carpintero irrumpió y, mirándolo de arriba abajo, lo tomó, llevándolo a su taller, donde lo convirtió en una hermosa mesa donde a partir de ese momento compartiría con su familia.
Entonces la queja se transformó en agradecimiento, encontrando la paz en su nueva encomienda.
Al terminar la historia y con esa ternura que solo mi bisabuela podía dar, me invitaba a repasar la enseñanza que nos dejaba el relato:
Nuestro valor permanece y, aunque el propósito cambie, somos únicos y especiales. Muchas cosas que suceden solo son cuestión de tiempo y hay que saber esperar con gratitud y no desde el reclamo, viviendo con alegría cada instante.
Hoy, a tantos años de su ausencia física, me sigue regalando infinidad de recuerdos que guardo en mi corazón y comparto con mi hija para que sigan siempre viviendo a través de nuestra propia historia. Doña Beatriz siempre nos enseñó con el ejemplo que en el amor no había que ser mezquinos, dándolo a manos llenas hasta su último suspiro. Que la bondad y el cariño los acompañe en esta temporada navideña y que el darse en espíritu a los que amamos se convierta en una hermosa costumbre.
Felices fiestas 2024.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
