“TÚ ERES MI HIJO, EN TI ME COMPLAZCO”
La mención que hace san Lucas del Bautismo de Jesús es breve. El texto litúrgico contrapone este acontecimiento con la negativa de san Juan el Bautista a ser considerado Mesías.
Desde la perspectiva del lector que se acerca al texto, Jesús se revela en su Bautismo como el “Mesías de Dios”. El Salmo 2 citado aquí había adquirido en la interpretación de Israel, en tiempos de Jesús, una dimensión mesiánica que se manifiesta aquí como filiación divina. Remite también al texto de Is 42, 1, donde el “siervo del Señor” es descrito como el elegido en quien el Señor se complace. La misión que Jesús inaugura en su Bautismo se va a realizar de un modo distinto a como se esperaba en aquel tiempo en Israel.
En el Bautismo, Jesús aparece acompañado de todo el pueblo como una premonición del nuevo pueblo mesiánico que se iniciará en Pentecostés. Por eso, san Lucas no se limita a recordar un acontecimiento histórico, sino que tiene más en cuenta otra realidad eclesial: el bautismo cristiano. La novedad que aporta este Sacramento, frente a otros ritos de purificaciones de su época, es el don del Espíritu Santo. Él nos permite reconocer nuestra identidad de hijos de Dios y hermanos de Jesús.
Se trata, pues, en el relato de hoy, de una grande manifestación que tiene dos signos de alto significado, destinados a ilustrar el valor del Bautismo de Cristo, oculto bajo un gesto de purificación aparentemente sencillo. El primer signo es la “paloma” (símbolo del Espíritu de Dios) que es infundido en plenitud sobre el Mesías; por lo tanto, Cristo es invadido por el Espíritu que lo consagra para su misión terrena de salvador y Palabra definitiva de Dios Padre.
El segundo signo es la “voz divina”. En Cristo converge la esperanza y la figura del siervo sufriente y redentor.
