No se por qué viene a mi memoria la excelente película “Anónimo Veneciano”, de 1970, al haber visto la “María” de Larraín, en la que una Venecia melancólica y crepuscular, envuelta en una niebla perenne, acoge la atormentada historia de amor entre un hombre y una mujer. Con las excelentes interpretaciones de Florinda Bolkan y Tony Musante. Fue dirigida por Antonio Maria Salerno como su ópera prima.
París 1977. María fallece. A los 53 años. Ese es el inicio de la cinta un poco extraño para comenzar a hablar de una de las más grandes cantantes de ópera en el mundo, La Callas. Es Steven Knight quien escribe.
Las figuras e interpretaciones de su mayordomo y su cocinera están llenas de ternura y verdadero cariño por su “Madame”, mismo que ella corresponde gentilmente. Su capricho: trasladar su piano de cola de un lugar a otro del departamento todos los días.
Así un París otoñal cubierto del dorado resplandor de las hojas caídas por donde pasea constantemente “la Divina” Callas, escribiendo según ella su autobiografía mientras conversa con Mandrax, su imaginario productor, luce constantes resplandores mortecinos protegidos suavemente por la lluvia y una luz triste y melancólica.
Jolie es una buena actriz. Logra interpretar hasta el exceso la tristeza profunda que absorbe a María, sumergiéndola en su mundo único e irrepetible. Solo la misma Callas podría caracterizar a María. Es demasiado única. Demasiado excelsa y extraordinaria para ser representada en los momentos más tristes y solitarios de su difícil vida, tan griega y tan trágica como ella misma.
Sin embargo, la interpretación de Angelina es excelente. Un defecto notable: no logran empalmar el movimiento de su labios con las arias que interpreta (lip sync). La actuación de Jolie en el terreno de lo dramático es excelente, no imita a la Diva, solo toma ciertos ademanes y conductas, pero crea su propia versión; imprime intensidad al sufrimiento de María por querer recuperar su voz, pero demuestra la altivez que sentía al verse halagada por sus admiradores.
La cinta gira prácticamente alrededor de Onassis, el eterno amor hasta la muerte de Callas. En la cinta ella menciona que Aristóteles la visita todas las noches. María estuvo obsesionada con él hasta el día de su muerte.
Cuando él fallece prematuramente, parecería que se llevó gran parte de ella misma a la tumba. Y así se siente mientras vagabundea por París sin rumbo. Los diálogos y las escenas no impactan ni dejan huella.
Larraín se toma demasiadas libertades, en cuanto a la verdad de lo que relata, y la verdadera vida de Callas y su triste final.
María se muestra soberbia e implacable en la certeza de su propia gloria y la adoración y reverencia con la que la había tratado el mundo. Y a pesar de que solo faltaba una semana para su fallecimiento debido al consumo de tantas drogas, convertida ya en enferma terminal, siempre se muestra digna, segura de sí misma y totalmente equilibrada.
La película me gustó. Porque María Callas me gusta siempre. Sin embargo esperaba mucho más de lo que recibí. Y de todas maneras en forma alguna me hubiera quedado sin verla.
Abogada y escritora.
