El Cristo Negro de Esquipulas, también conocido como el Señor de Esquipulas, tiene un origen humilde derivado del deseo de los habitantes de un pequeño pueblo de Guatemala de venerar una imagen del Dios generoso del que tanto les habían hablado los franciscanos.
Su creación fue encargada al escultor portugués Quirio Cataño, y aunque su color originalmente era encarnado, se fue oscureciendo por el humo de las velas y el incienso.
Cada 15 de enero miles de peregrinos acuden a su santuario considerado patrimonio cultural de esa nación.
La versión de cómo una réplica de la imagen del Cristo Negro de Esquipulas llegó a mi familia hace cerca de 150 años ha variado y se ha diluido en la bruma del tiempo.
La historia que contaba mi padre es que siendo su tatarabuelo general en la milicia lo había hallado en el interior de una iglesia en ruinas, alzándose como único sobreviviente del desastre en medio de los despojos y las cenizas.
¿Verdad o ficción? Nunca lo sabremos, pero para mí su verdadero valor no radica en su belleza de ébano, ni como pieza de arte sacro, sino en la unión y devoción que se forjó a su alrededor.
Cada día 15 del mes de enero puntualmente se celebraba una misa en su honor y como agradecimiento a los dones recibidos ese año .
Después, la celebración dejaba el aire solemne para convertirse en festivo y reunir alrededor de la mesa al clan y a quienes compartían la veneración y el respeto a la tradición tan importante para los míos.
Mi primer contacto con él fue una fría noche, mirando de lejos a mi abuelo llevándolo en brazos cubierto con un fino paño blanco hasta llegar al altar, en una actitud de recogimiento y devoción que puedo asegurar nunca he vuelto a ver en ninguna otra persona.
La costumbre de honrar a Nuestro Señor de Esquipulas ha sobrevivido al fuego, al tiempo, a la persecución religiosa, a muchos desencuentros, pero lo que sería imperdonable es que desapereciera de la única manera que no hay redención posible: en el triste vacío del olvido.
Por eso hoy mi hogar es su morada temporal, la casa se llena de paz al recibir a este huésped tan querido que ha venido a confortarnos y a recordarnos de dónde venimos y hacia dónde queremos avanzar.
Y cuando llegue el momento de que parta hacia quien lo cobije con amor mi alma estará llena de agradecimiento por permitirnos recobrar el sentido de pertenencia que a veces perdemos un poco en el camino.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
