Si hay dos palabras que definen a Ricardo López Méndez son las de polímata por sus conocimientos profundos en diversas disciplinas y artes, así como visionario por vislumbrar todo lo que se iba a escribir sobre México, como en su momento apuntó el poeta Pablo Neruda. Adentrarse en su obra es descubrir nuevas aristas que lo catapultan como un pensador de su tiempo y de los nuestros.
Si bien se le recuerda más por las letras de canciones como “Nunca”, “De corazón a corazón”, “Amor, amor”, “Mar”, “Íntimo secreto”, “Quisiera”, entre otras que continúan resonando en el catálogo musical mexicano en la voz de intérpretes consolidados, la profundidad de sus versos épicos y sociales lo hacen atemporal y universal. En “El cuento de los cocodrilos” fusiona poesía y denuncia social por la devastación inmoderada de la tala de los bosques y lo que se avecina para la humanidad: “Pero los hombres no sabían/ que, tumbando los árboles, tumbaban/ las columnas de un templo/ lleno allá arriba de oraciones/ y de músicas nuevas. Fue cayendo aquel templo, lenta, / lentamente/ con esa majestad de aquel que sabe/ morir por una idea”.
En otra estrofa sentencia el temor de los ahora estudiosos del cambio climático: “Pero los hombres pagaron caro /aquel corte sacrílego de troncos, /la ruina de aquel templo/ sin otro afán que convertir su carne/ en oro y en miseria/ en miseria que es oro/ y en oro que es miseria…”.
Siendo los cocodrilos parte de la cosmovisión maya, López Méndez imagina con “El cuento de los cocodrilos” el mito de su creación cuando los dientes de las sierras de los taladores se convierten en cocodrilos feroces al sentir el olor de los humanos. La analogía entre la especie y los troncos de los árboles añejos que se quedaron a las orillas de las aguas esperando que resbalen los leñadores, es el castigo por los que no creen ¡que el árbol es el templo de Dios sobre la tierra!
Con esta breve muestra de un texto escrito la primera mitad del siglo XX, se reafirma el mote de “Vate” con el que lo bautizó el poeta Antonio Mediz Bolio en 1940 cuando se publicó “Credo” y que le valió el reconocimiento de los intelectuales de la época. La entonación y los matices que requerían los versos para elevar el fervor incluían ejercicios de respiración para sostener la fuerza de las palabras. López Méndez era conocedor de la importancia y el cuidado de las cuerdas vocales para lograr que la calidad, el timbre y la intensidad no menoscabaran durante sus transmisiones de radio, de la cual fue pionero cuando en 1930 se fundó la XEW “La voz de la América Latina desde México”, reto que afrontó y superó por su creatividad infinita hasta transmitir programas en el cementerio frente a la tumba de personajes ilustres en franco diálogo con ellos.
Tantas veces cerca, la Muerte nunca lo intimidó. Siempre llegó después de que ésta se había llevado el alma de su ser querido, como sucedió en el fusilamiento de su amigo político Felipe Carrillo Puerto y el asesinato de su amigo musical Guty Cárdenas, aunados a sus pérdidas familiares como la de mi abuelo, su hermano mayor, a quien quería tanto y murió prematuramente. Pero la Muerte fue benevolente con el poeta, quizá porque siempre estuvo presente en sus versos, pues lo dejó una larga vida, casi por cumplir 86 años, los suficientes para edificar un legado sólido.
Cuando la Muerte decidió llevárselo, lo hizo como una broma macabra el “Día de los Santos Inocentes”, vaticinado varias décadas anteriores en los versos de un poema: “Invierno vendrá con su hielo, / la muerte, también llegará…”. Y así fue.
Aída López Sosa, escritora.
