Trabajo en el Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM desde su creación. Hago allí investigación en literatura y doy clases.
Los estudios literarios, la filosofía, las artes, la historia son los campos de saber de las Humanidades.
Con frecuencia a lo largo de mi vida profesional personas me preguntan para qué sirven las ciencias humanas. En un mundo atravesado por violencias extremas, hambre, crisis ambientales, terribles desigualdades y salvajes injusticias sociales, las Humanidades, en lo inmediato, no ofrecen una solución a esos problemas. ¿Significa eso que no sirven para nada, que hay que eliminarlas de los planes de estudio escolares, recluirlas al lugar de “cosas raras”, restarles financiamiento porque no son redituables?
Jean-Jacques Rousseau, que dedicó toda su vida filosófica a estudiar qué es el hombre, dice algo maravilloso: que no hay objeto de estudio más cercano y a la vez más remoto que el ser humano. Nos estudiamos a nosotros mismos pero todavía no sabemos con certeza qué somos, qué podemos pensar, qué sentimos, qué podemos hacer. La pregunta de Rousseau es fundamental, porque si no conocemos todavía qué somos, no podemos comprender qué y cómo son nuestras creaciones: el lenguaje, la política, las ciencias, la ética, las sociedades, la educación, la justicia, la moral y un largo etcétera. Dar con una respuesta a la pregunta por el ser humano es la puerta de acceso al conocimiento de todo el mundo tangible e intangible que concebimos, nos constituye y habitamos.
Y son las Humanidades las que estudian desde hace más de 2,500 años al hombre y sus creaciones, la base de nuestra realidad. En lo inmediato, las Humanidades no reparan los males que nos aquejan como humanidad, pero sin las Humanidades estaríamos condenados a desconocer el origen y el desarrollo de esos males, a vivir despojados de juicio crítico, sin reparación posible de nuestros errores, y olvidados del propósito de ser humanos.
Directora del Cephcis de la UNAM.
