La esperanza es una virtud teologal que debemos conservar siempre en nuestra vida. Nos permite mantenernos atentos, siempre hacia adelante y con propósitos de avanzar en nuestra vida. La esperanza nunca es estática, es dinámica y nos impulsa a sanos proyectos de vida.

Recientemente, el papa Francisco nos encaminó a toda la Iglesia a celebrar un jubileo, un Año Santo para conmemorar los 2,025 años de la redención de Nuestro Señor Jesucristo. Esto lo hizo a través de una bula, un documento pontificio de convocación para animarnos a todos a vivir esta experiencia de salvación, de oportunidad de transformarnos desde dentro.

“La esperanza no defrauda” se titula este documento y ahí el Papa expone de una manera muy clara el significado de esta virtud y el sentido que adquiere en el Jubileo.

Además de alcanzar la esperanza que nos da la gracia de Dios, también estamos llamados a redescubrirla en los signos de los tiempos que el Señor nos ofrece. Dice el Papa que por ello es necesario poner atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia.

En este sentido, los signos de los tiempos, que contienen el anhelo del corazón humano, necesitado de la presencia salvífica de Dios, requieren ser transformados en signos de esperanza. Mirar el futuro con esperanza también equivale a tener una visión de la vida llena de entusiasmo para compartir con los demás. Sin embargo, debemos constatar con tristeza que en muchas situaciones falta esta perspectiva. La primera consecuencia de ello es la pérdida del deseo de transmitir la vida.

La apertura a la vida con una maternidad y paternidad responsables es el proyecto que el Creador ha inscrito en el corazón y en el cuerpo de los hombres y las mujeres, una misión que el Señor confía a los esposos y a su amor.

Es urgente que, además del compromiso legislativo de los estados, haya un apoyo convencido por parte de las comunidades creyentes y de la comunidad civil tanto en su conjunto como en cada uno de sus miembros, porque el deseo de los jóvenes de engendrar nuevos hijos e hijas, como fruto de la fecundidad de su amor, da una perspectiva de futuro a toda sociedad y es un motivo de esperanza: porque depende de la esperanza y produce esperanza.

En el Año Jubilar estamos llamados a ser signos tangibles de esperanza para tantos hermanos y hermanas que viven en condiciones de penuria. No quedarnos solamente en cumplir ciertos ritos para “ganar la indulgencia plenaria”, sino ir a actitudes concretas de cambio y conversión en nuestra vida.

Que este Año Santo sea para todos una gran oportunidad de buscar a Dios y de transmitir su amor y misercordia.— P. Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la Salud, Vida y Adultos Mayores.

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