En la Feria de la Lectura Yucatán “no hubo rincón, salón o pasillo que se sintiera ajeno a la celebración”
En la Feria de la Lectura Yucatán “no hubo rincón, salón o pasillo que se sintiera ajeno a la celebración”

Por Renata Marrufo Montañez

Hay una energía particular que solo se respira cuando miles de personas coinciden en un mismo propósito: el placer de encontrarse en los libros. La edición 2026 de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey) no fue solo un evento de calendario; fue un organismo vivo que latió con fuerza durante cada una de sus jornadas en el Centro de Convenciones Siglo XXI.

Desde el primer día, el éxito fue incontestable. No se trataba solo de cifras, esas que serán más reales con el registro de la entrada mediante un prerregistro y acceso con QR, sino de postales humanas. Los pasillos, habitualmente sobrios, se transformaron en arterias rebosantes de vida donde personas de todas las edades —desde niñas y niños asombrados con su primer ejemplar hasta adultos mayores que recorrían los estantes con parsimonia— reclamaron el espacio público para la cultura. No hubo rincón, salón o pasillo que se sintiera ajeno a la celebración.

La Filey 2026 entendió que la lectura es, hoy más que nunca, una experiencia integral. Vimos salones abarrotados para escuchar a autores locales compartiendo cartel con figuras nacionales e internacionales de primer orden. Ver todos los días y sin importar la hora al maestro Agustín Monsreal en alguna presentación donde era el protagonista, parte del público para apoyar a los exalumnos y ahora colegas o incluso departiendo en una amena charla en el área de restaurantes, fue una confirmación de que nadie quería perderse el programa de la Filey.

Pero la feria fue más allá de la tinta con talleres dinámicos donde la creación tomó forma en las manos de los asistentes; exposiciones artísticas que dialogaron con la literatura, integrando todas las artes bajo un mismo techo, y espacios instagrameables, diseñados para capturar la foto del recuerdo, recordándonos que la cultura también se comparte en el lenguaje visual de nuestro tiempo.

Resultaba conmovedor observar los puffs y sillas ocupados por lectores que, agotados por las largas y generosas jornadas, se tomaban un respiro sin abandonar el recinto, decididos a no perderse ni un ápice de la intensa programación. En ese caos ordenado, destacó la labor de los jóvenes del staff, quienes con una sonrisa y una orientación precisa se convirtieron en los guías necesarios para que cada visitante viviera al máximo su experiencia con los libros.

En lo personal, esta edición me ha dejado con el corazón lleno y el espíritu, aunque “exprimido” al máximo por la intensidad de la agenda, profundamente satisfecho. Tuve el honor de habitar la feria desde la trinchera de la presentación, un privilegio que me permitió palpar de cerca el interés genuino de los lectores.

Compartir el proceso detrás de “Ligero de equipaje” (EG Editorial, 2026), de Mario Montalvo, y desmenuzar la nostalgia y el presente en “Estampas de Mérida” (Kóokay Ediciones, 2026), de Eduardo Cabrera Ruiz, fueron momentos de conexión irrepetibles.

A esto se sumó el orgullo de ser testigo e integrante del lanzamiento de la Antología de Jach Yucatecas, un proyecto que fue recibido con un entusiasmo que confirma que nuestra voz está más vigente que nunca.

También fui testigo de tres presentaciones de amigas y un amigo que me llenaron de regocijo y admiración: las de los libros “El jardín que se apropia de mí” (Casa Bonsai, 2025), de María Elena González; “Piel de mariposa” (2026), de Alegría Agosto, y “Medusa Reina” (Ficticia, 2026), de Roberto Azcorra. Los tres nos entregaron en sus respectivas obras pasión y entrega a las letras que ahora disfrutamos como lectores, demostrando con todas las demás presentaciones que las y los autores locales reafirman que la literatura está más fuerte que nunca.

Detrás de esta maquinaria perfecta de logística y sensibilidad hay nombres propios. Es de justicia destacar el trabajo titánico liderado por María Teresa Mézquita Méndez. Su gestión no se limitó a la frialdad de la oficina; la vimos coordinar hasta el último detalle operativo, pero también presente en las salas, moderando mesas de programa y acompañando a los autores. Esa cercanía y ese compromiso personal de su directora son, sin duda, el ingrediente secreto que permeó en todo el equipo y que garantizó el éxito rotundo de esta edición.

La Filey 2026 baja el telón dejando un listón muy alto y una certeza compartida: el libro sigue siendo el mejor pretexto para reunirnos. Si esto fue lo que vivimos este año, la expectativa de lo que nos espera en 2027 ya empieza a alimentar nuestra impaciencia lectora. ¡Larga vida a la Filey!

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