Con una mezcla de fe, tradición y cultura, Acanceh vivió una de las representaciones más sentidas del Viernes Santo: su tradicional viacrucis viviente, que desde hace 45 años es escenificado por los propios habitantes del municipio, atrayendo a familias locales y visitantes nacionales y extranjeros.
Antes del mediodía, bajo un Sol que hizo que se superaran los 37 grados Celsius, los asistentes comenzaron a congregarse en la plaza principal. Abanicos, sombrillas y botellas de agua fueron parte del equipamiento de los fieles, quienes no se dejaron vencer por el calor con tal de revivir el camino de Jesucristo hacia la cruz.
La representación comenzó en la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe. Jesús, interpretado por Juan Carlos Rivero Mukul, fue apresado por los soldados romanos y llevado ante Poncio Pilato, quien no halló culpa en él, pero terminó por enviarlo con Herodes ante la presión de la muchedumbre.
Los presentes, entre ellos muchos niños, reaccionaban con asombro, temor o emoción ante la intensidad de las escenas. La actuación de Pilato y Herodes, exigiendo milagros como prueba de divinidad, marcó uno de los momentos más dramáticos.
De regreso con Pilato, se ofreció al pueblo elegir entre liberar a Jesús o Barrabás, un criminal. La multitud optó por este último.
Las emociones se intensificaron al llegar el momento del juicio final, cuando Jesús fue azotado y coronado con espinas. En silencio, comenzó a cargar la cruz en su camino al Calvario, cayendo varias veces, mientras mujeres clamaban por él.
“¿Es sangre de verdad?”, preguntó un niño. “No, hijo, es como una película”, respondió su madre.
El trayecto atravesó los principales edificios históricos del centro de Acanceh y culminó en la explanada de las Tres Culturas, con la pirámide maya como telón de fondo. Allí se escenificó la crucifixión de forma conmovedora y solemne.
El silencio se apoderó del parque cuando Jesús murió y fue bajado de la cruz. Su cuerpo fue recibido por María, en una escena que hizo sollozar a los presentes.
Alrededor del parque, puestos de refrescos y dulces típicos ofrecían descanso a los asistentes. Lo cotidiano convivió con lo sagrado, mientras la pirámide recordaba la herencia prehispánica del pueblo.
“Es impactante ver la cruz frente a la pirámide, representa la unión de dos culturas”, expresó Alejandra Márquez León, visitante de Guadalajara. Para Zoila Quintal Pool, esta tradición forma parte de su historia: “Mi mamá me traía, ahora yo traigo a mi hija, pero primero le explico, porque al principio a mí me daba miedo”.
Una vez más, Acanceh demostró que la fe se hereda, se renueva y se vive con el corazón.— Darinka Ruiz Morimoto
Identidad Religión
La pirámide de Acanceh sirvió de fondo al viacrucis viviente de la comunidad.
Mestizaje espiritual
La escenificación frente al monumento prehispánico refleja el mestizaje espiritual de Yucatán. La cruz católica y la arquitectura maya conviven en un mismo espacio simbólico, donde la fe y la historia se entrelazan para dar identidad a un pueblo que está profundamente arraigado en sus raíces culturales y religiosas.




