En 1976 se estrenó el álbum “Plantasia” del músico canadiense Mort Garson. El disco está pensado como una propuesta musical para plantas, entendiéndolas como seres sentientes, capaces de experimentar sensaciones más o menos complejas, desde temperatura, cantidad de luz y movimiento, hasta placer, dolor y otros sentimientos.
El disco, originalmente en vinilo, está compuesto por diez canciones, cada una dedicada a una planta o vegetal específico; sintetizadores y órganos remiten al verdor de los árboles, valses vegetales y sensaciones de ensueño que podrían también recordar los niveles más alucinantes de algún videojuego.
¿Qué tiene que ver un álbum del siglo pasado con una obra de Teatro de la Rendija en pleno 2025?
La pieza performativa “El aroma del tiempo” explora texturas sonoras acompañadas de una iluminación a la vez onírica, a la vez febril. Ensoñaciones vegetales y reminiscencias de vidas y emociones que se desbordan en el escenario. Las actrices Raquel Araujo, también directora de la pieza, y Angie Canto dialogan con la escenografía en una suerte de movimientos y espasmos que, como en el disco de Mort Garson, nos recuerdan el crecimiento de las plantas, las voces de las actrices fungen como una traducción de la lengua de las plantas en un bosque fractal que avanza continuamente hacia el espectador.
Un espejismo vegetal se va construyendo conforme la pieza avanza, se va deshilvanando desde el mundo interior de las actrices para cristalizar en una especie de naturaleza viva, vibrante, o para decirlo en palabras de Humberto Chávez, una still-morte , que hace referencia a los maravillosos trabajos fotográficos de Vera Mercer.
La pieza es un bosque que avanza implacable hacia las butacas, oleadas de sonido se arrastran como un eco pretérito anterior a la ciudad, o quizás anticipan un futuro poblado por eso otro que nos espera ahí afuera; como sea, las raíces de este bosque se extienden y uno puede sentirlas latir por debajo del escenario.
Luz y sonido juegan un papel crucial en el diálogo corporal de las actrices y son el vehículo de su crecimiento y su avance hacia nosotros. El escenario está, en un principio, atravesado por unos velos plásticos que contienen todo eso que viene desde tras escena, cortan y debilitan la luz de una proyección y el brillo azul, verde o naranja de las luces. Poco a poco las raíces de las plantas van corriendo los velos, como atravesando capas de tierra; las luces van marcando momentos específicos y la planta-Raquel nos regala la brutal suavidad de una danza butoh en sus gestos y movimientos, o la planta-Angie estalla en un florecer desgarrador.
Detrás del diseño de la escenografía e iluminación está el cineasta y productor de Teatro de la Rendija, Oscar Urrutia, la escenografía, como mencioné, es sencilla pero contundente, lo justo necesario para llevar el acontecimiento a su punto sensorial más alto.
La música es una pieza cambiante, es decir, el compositor y artista sonoro David Puc provee la cama de sonidos que, para seguir con la metáfora vegetal, resulta ser una corriente líquida que nutre este bosque performativo, entre el uso de muestras de audio, medios electrónicos y una propuesta de continua improvisación, la composición muta y crece, como si se tratara de esquejes o rizomas.
La obra toma el nombre del libro homónimo del filósofo Byung-Chul Han que subtitula su texto como “Un ensayo sobre el arte de demorarse”. El escritor plantea que en la época del antropoceno tardío o hipermoderno hemos perdido una relación contemplativa y significativa con el tiempo, hemos perdido el piso y nos deslizamos en una hiper-aceleración, somos seres asíncronos.
“Hoy en día, las cosas ligadas a la temporalidad envejecen mucho más rápido que antes. Se convierten en pasado al instante, y, de este modo, dejan de captar la atención. El presente se reduce a picos de actualidad. Ya no dura”. Byung-Chul Han .
Rigurosamente la pieza no lleva a ningún lugar, pero ahí está su frescura, como en el libro de Han, el punto de la obra es la contemplación de un jardín salvaje, o quizás la contemplación de un instante vegetal, expansivo hacia el interior, estar en presente en un descolocamiento, afuera la ciudad turbulenta ruge, en el interior del teatro el acontecimiento ofrece un cerco ante la velocidad. Desde otra perspectiva, pienso en el Musement de Charles S. Peirce, un quedarse suspendido en un presente, justo antes de la idea que nombra y rompe el encanto del juego en un tiempo desacelerado. La pieza es una inmersión en un mundo contemplativo, quizás al interior de las artistas; un poco un bodegón, naturaleza muerta pero móvil; una experiencia lisérgica.
Artista visual con Maestría en Arte por la UNAY. Fotógrafo escénico. massagededpedro@gmail.com
