“MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ”
La “vida eterna” es la vida que Jesús da a sus ovejas, a cuantos creen en Él. Es la vida que se recibe por la fe. Todo esto nos lleva a la conclusión de que san Juan entiende esta “vida eterna” como algo que se inicia ya ahora en el mundo, aunque adquiere su plena manifestación en la gloria que aún esperamos. El polo opuesto a la vida eterna es la “perdición eterna”, de la que también han sido liberados los que creen en Jesucristo.
Jesús está plenamente seguro de que nada ni nadie puede apartar de sus brazos a los que son suyos. Por esto, cuantos creen en Jesús tienen su vida guardada en buenas manos y no morirán para siempre.
Nadie ha expresado más bellamente que san Pablo la actitud del creyente que corresponde a estas palabras del Señor. San Pablo dice en su carta a los romanos: “Pues estoy absolutamente convencido de que ni la vida ni la muerte, ni los ángeles ni las potestades, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas, ni lo bajo, en fin, ninguna criatura podrá separarnos del amor que Dios nos tiene en Jesucristo nuestro Señor”.
Es como dice Jesús: “Nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. El Padre y yo somos uno”. El poder de Dios es el mismo poder de Jesús, pues el Padre y el Hijo son un mismo Dios.
Así pues, la meta de la vocación cristiana no es oscura e incierta, sino que está en esa última frase pronunciada por Jesús: “Yo les doy la vida eterna”. Esa “vida eterna” no alude tanto a una infinita extensión de años, a una inmortalidad del alma, sino que es la misma vida divina, es la comunión de vida, de paz, de estar con Dios mismo.
