ÁMENSE, COMO YO LOS AMO

Judas Iscariote salió resueltamente del cenáculo para consumar su traición y entregar al Maestro. Su partida fue un alivio para cuantos se quedaron, y para Jesús fue la señal de que había llegado su “hora” tan deseada.

Cuando sea “exaltado” en la cruz y todo se haya cumplido, cuando el amor de Jesús llegue al colmo de su entrega por toda la humanidad, incluso por sus enemigos, se manifestará quién es el Hijo del Hombre y quién es Dios para los hombres. Se revelará que Jesús es el Señor y que Dios es Amor.

El “testamento” de Jesús es su mandamiento nuevo: “Que se amen unos a otros como yo los he amado”. Jesús confirmó el mandamiento del amor al prójimo ya conocido en el Antiguo Testamento, pero lo amplió para que cupiera en él hasta el amor al enemigo.

En este contexto Jesús entiende el mandamiento del amor como un amor entre los hermanos, entre aquellos que ha llamado “sus hijos”.

El Maestro quiere que sus discípulos se amen porque él los ha amado antes, y quiere que se amen a semejanza del amor que les tiene: hasta el máximo.

El amor que Jesús deja en herencia ha de ser ley de vida y convivencia para sus discípulos. Ha de cultivarse con esmero en la comunidad cristiana y ha de ser la señal por la que el mundo reconozca a los discípulos de Jesús. Queda el amor fraterno, pues, como señal inequívoca de los verdaderos cristianos.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán