La directora invitada Gabriela Díaz Alatriste y la chelista polaca Bárbara Piotrowska durante el concierto de la OSY en el Palacio de la Música
La directora invitada Gabriela Díaz Alatriste y la chelista polaca Bárbara Piotrowska durante el concierto de la OSY en el Palacio de la Música

Cuando ella se enteró de que incluso para algunos maestros y maestras de la OSY la pieza elegida para la segunda parte de este concierto era una desconocida y por tanto un reto en la ejecución, estuvo a punto de “rajarse” para iniciar esta crónica.

“Puedes investigar, hay información en todas partes” le sugirió don Augusto. Y ella le respondió que sí, que es cierto, pero que como tantas personas es víctima de infodemia. Todo mundo le dice que de eso se trata “…aunque no lo sepas, lo investigas…”.

Pero ella quería haber tenido precedentes, background, contexto, referencias, historias. No construir un texto como tarea escolar de fin de curso.

“Qué reto…” siguió pensando, libreta en mano, en la calurosa y húmeda noche rumbo al Palacio de la Música. “Además, dijo para sí, es la noche de las mujeres… una ejecutante de violonchelo, dos compositoras, una directora. En fin, acorde con los tiempos, es noche de música ‘con a’”.

Instalados en el corazón de las butacas, don Augusto y la improvisada cronista se dispusieron a escuchar. Generoso en contenidos, el programa de mano revelaba detalles de la pieza inaugural de la noche: Kauyumari, inspirada en las sonoridades y cosmovisión de los huicholes y en particular en el mitológico venado azul que da nombre a la obra.

Su autora, la compositora Gabriela Ortiz recibió el encargo de la Filarmónica de Los Ángeles para el regreso de la pandemia, en una función dirigida nada menos que por Gustavo Dudamel.

Ortiz, ganadora de tres Grammy 2025, trazó una pieza envolvente, donde las sonoridades ancestrales se equilibraron con la voz orquestal contemporánea.

A su vez, la experimentada directora invitada, Gabriela Díaz Alatriste, pionera en el país en dirigir una orquesta, condujo a la OSY por ese viaje que comenzó con el llamado ceremonial de dos trompetas rituales –evocación de caracoles prehispánicos– situadas a ambos de la parte trasera de los asientos del patio de butacas.

Esta colocación logró para el público oyente una sugerencia de direccionalidad y desplazamiento en distintos planos del espacio sonoro, un ambiente trans sensorial y casi cinematográfico que se tradujo por supuesto en una invocación espiritual acorde con la inspiración de la obra y que permaneció durante toda la ejecución, cuyas sonoridades, bajo la firme batuta de Gabriela Díaz, arrancaron al final vigorosos aplausos del público.

Entusiasmado don Augusto batió palmas. Ella lo mira de reojo… “ni preguntarle nada, se dijo, está embelesado con el concierto”. Y continuó con sus notas, con la lectura del programa, con sus indagaciones.

Premiada y reconocida en concursos internacionales e invitada a múltiples escenarios, la solista Bárbara Piotrowska emprendió en la segunda parte del programa el camino de uno de los conciertos favoritos para su instrumento: el Concierto para violonchelo en mi menor, Op. 85. Resultado de la melancolía y pesadumbre de la Primera Guerra Mundial, el compositor Edward Elgar crea esta pieza introspectiva, nostálgica y, como se lee en el programa, con una partitura para cello… “llena de pasajes virtuosos, cambios de humor repentinos y una profunda carga emocional”.

Se la considera un ejemplo del romanticismo tardío inglés, es decir, un romanticismo desencantado ya muy lejos de los paisajismos decimonónicos que permitían colarse algunas luces, algún destello esperanzador.

Don Augusto, reciente diletante del cello, en voz casi inaudible, sugiere al oído observaciones a su cónyuge que toma notas desde el primer movimiento: “¿notas el solo melancólico, la conversación de los seis cellos con la voz solista… y ahora cómo entra toda la orquesta? Qué sonoridad brillante”. Y al mismo tiempo ella percibía los contrastes de ciertos remolinos sonoros y segmentos de gran virtuosismo y exigencia para la cellista.

Con su sólida formación europea y experiencia interpretativa, Piotrowska equilibró una lectura intensa y contenida a la vez, atenta a la batuta de la maestra Díaz Alatriste, al sostener tanto frases llenas de contundencia y remembranzas aristocráticas –de aquella a la que el romanticismo ha mirado siempre con ambivalente emoción– como un diálogo íntimo con la orquesta, con pausas elocuentes y poderosos giros.

El intermedio que invita a estirar las piernas solo pone más nerviosa a la improvisada cronista. La pieza que viene es aquella de la que escuchó sobre su extensión y novedad: la Sinfonía en mi menor, Op. 32 “Gaélica”. En el programa lee sobre Amy Beach, la compositora estadounidense, pionera también, quien respondió con su música pautada de arraigo irlandés a la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvoák y sus acentos afroamericanos.

Amy tenía claro que la inmigración europea era parte importante del alma estadounidense, y por eso incorporó melodías de remoto origen, traídas de la Erin de antaño. La compositora, nunca arredrada ante sus tiempos, trazó una obra de largo aliento musical en cuatro movimientos que la noche de este viernes fue invocada por la batuta de Gabriela Díaz al frente de la OSY y con ello lograda la magia.

Sin citas literales, las reminiscencias del folclor subyacen en la pieza, con protagonismos sucesivos de los cornos y maderas, con la notable sección en la cual el oboe parece invitar a un viaje en el tiempo.

Con esporádicas alusiones a viejas fanfarrias ancestrales, con danzas recreadas en el diálogo de las flautas y violines, todo se concentró en una invitación a rememorar e imaginar, que continuó hasta el final con la energía in crescendo hasta llegar a los límites del desarrollo temático marcados por Beach.

Entre nota y nota, la cónyuge echa una mirada rápida a don Augusto: con la espalda despegada del asiento y las manos al aire, él parece estar listo para aplaudir con entusiasmo al llegar el final. No es la única persona. Al término de la sinfonía –un final rotundo, sonoro y elevado– se alzaron las voces de “¡bravo!” los aplausos de pie, los vítores. Díaz Alatriste agradeció el reconocimiento del público y celebró los méritos solistas y grupales de nuestra OSY.

La improvisada cronista reflexionaba sobre qué hacer con sus notas, sus lecturas, sus impresiones. Se preguntaba sobre esa noche tan femenina: compositoras, músicas, directoras. ¿La música escrita, interpretada por mujeres es distinta? ¿tendrá su propio sello? ¿es igual?, ¿igual de buena pero menos conocida? Y al final, piensa que a esas voces de mujer puede sumar desde la infinita distancia de proporción y mérito, su propio y mínimo aporte: este relato que invita al disfrute, todavía posible, hoy con la OSY, de la mano de Euterpe.— María Teresa Mézquita Méndez

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