Viernes por la noche. Tercera llamada. Como testigo solemne, la Sala de Conciertos del Palacio de la Música, un montón de sonidos se dispersa como estrellas, con los músicos preparándose, cuerdas afinando, vientos respirando, percusiones marcando el pulso de lo que sería una velada para el recuerdo. De pronto, silencio.
La atmósfera se enrarece con expectativa. El escenario se ilumina, tras los aplausos de entrada la batuta del director huésped Alejandro Basulto se eleva y la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) comienza a tejer una noche de contrastes, fuerza, ternura y raíz.
La apertura llega como un susurro en el monte: “Preludio y víspera”, obra del joven compositor yucateco Yussef Ríos, único talento musical de su familia, y, sin embargo, tan cargada de madurez que parecía el eco de generaciones. Cinco minutos bastaron para plantar en el aire un mensaje urgente de respeto a la naturaleza, con una sensibilidad sonora que caló hondo. Basulto, quien estrenó esta pieza en 2023, volvió a dar vida a su esencia, ahora junto a la sensibilidad y profesionalismo de la OSY.
Cuando el autor emergió en la media luz entre las butacas al final de la interpretación los aplausos lo abrazaron. Ríos, conmovido, agradeció con la mirada al maestro Basulto. Y un gesto con la mano, fue un momento breve pero cargado de una fuerza íntima y complicidad.
Entonces, el escenario cambió de color. De la brisa vegetal pasamos al torbellino, Eusebio “Chevo” Sánchez, percusionista regiomontano, se plantó en el proscenio con su xilófono como si ambos hubieran nacido en la misma cuna. “Esta noche fue un yucateco más”, se escuchó decir entre murmullos de admiración. El xilófono, usualmente tímido en la orquesta, rugió, bailó y gritó bajo sus manos en el estreno en Yucatán de “Astillas”, concierto para xilófono y orquesta del propio Alejandro Basulto, quien dirigió esta, su obra.
Tres movimientos: Enérgico-sentimental, Tranquilo-sorpresivo y Furioso. Tres mundos distintos donde las baquetas volaban con precisión coreográfica. Por momentos se sentía el estallido de las astillas imaginarias. La OSY vibró con la pieza, se encendió con la chispa del ejecutante y toda la sala se convirtió en una lluvia musical que relampagueaba desde el escenario.
Pese a su origen antiguo y su colorido timbre, el xilófono rara vez ocupa un papel protagónico en las grandes orquestas. Su sonido brillante y percusivo, generado por láminas de madera dispuestas como un teclado y golpeadas con baquetas, suele reservarse para acentos rítmicos o pasajes de color dentro de las obras sinfónicas. Su limitada presencia en el repertorio clásico —y la exigencia técnica que implica dominarlo con soltura— lo relegan con frecuencia a un rol secundario.
Por ello, escuchar un concierto completo dedicado al xilófono, como ocurrió este viernes con “Astillas”, representa una experiencia poco común y reveladora: pone en primer plano un instrumento que, cuando cae en las manos correctas, es capaz de contar historias con una expresividad y virtuosismo que desafían cualquier expectativa.
Los aplausos para Sánchez fueron largos y muy justos. Y aún quedaba más: un encore que provocó otra ovación. “Chevo”, con la cara colorada y sonrisa infantil, regresó al centro para interpretar “Frenétyco”, del compositor Andrés Villegas. Una pieza veloz, lúdica, llena de giros inesperados que terminaron de conquistar al público. Flores, vítores, palmas enrojecidas fueron el resultado. El intermedio llegó con el aire cargado de electricidad y alegría.
Aún quedaba una joya: la Sinfonía número 6 en Re mayor de Antonín Dvorák, obra compleja y llena de vida, en la que cada movimiento (Allegro non tanto, Adagio, Scherzo presto, Finale: Allegro con espírito) representó una estación emocional. Basulto, enérgico y apasionado, sacó chispas de los músicos, que respondieron con precisión y alma. Varios se secaban el sudor, señal inequívoca de una entrega total.
Y al final, el éxtasis; una ovación de pie, gritos de “¡bravo!” y miradas brillantes entre los asistentes que sabían, sin decirlo, que habían vivido algo único.
Bárbara Campos Rosales, compartió que no es tan conocedora de la música de la Sinfónica, pero leyó en el periódico que habría un xilófono. “En mi mente solo había una imagen, de una marimbita de juguete, me trajo aquí la curiosidad y quedé fascinada, gran interpretación del regio”, compartió.
La OSY repetirá esta hazaña hoy domingo al mediodía, en el mismo recinto. Con el compromiso y profesionalismo de cada concierto. Pero lo de este viernes quedará en el recuerdo como esas noches donde la música no solo se escucha, sino que se vive, se respira y se lleva consigo.— Darinka Ruiz Morimoto
“En mi mente solo había una imagen, una marimbita de juguete, me trajo aquí la curiosidad y quedé fascinada”
